Y de repente empezó a escribir y no podía parar.
Las palabras se le agolpaban en el ático de los pensamientos, fluían como un
baile de letras en un salón donde aparecían las más cotidianas, ella sólo podía
con las últimas que danzaban a su alrededor. Chocaban con las cristaleras de
las ventanas, querían salir de aquel edificio pero no podían, daban vueltas y
vueltas sobre la cabeza, los hombros los brazos y al llegar a las manos se
posaban como una paloma a la que se le está echando de comer y acude al olor
del maíz.
Se encontró de pronto como una peonza dando
vueltas entre aquellas que se le escapaban por la puerta trasera. Las palabras
olvidadas le rondaban sobre las orejas, pero no las podía sujetar con el
sentido del oído, mientras los ojos, intentaban retener el significado. Otras
las más usadas abrieron una puerta que llevaba a otra estancia y esperaron
pacientemente su turno.
En el callejón de la esquina había un contenedor
de basura, emitía sonidos con silabas susurrantes, que, desesperadas habían
ido a parar allí.
No entendía lo que le estaba pasando, jamás se
había sentido así. Abrió una ventana de cristales viejos, enormes, sucios,
abandonados; asomó la cara para respirar aire fresco y sintió que se las
arrebataban de un tirón.
Se quedó
parada mirando a la calle e intentó tranquilizarse, utilizó aquello que tanto
hacía de pequeña cuando paseaba con su padre por la vieja ciudad de su
infancia; no era otra cosa que leer, leer, cualquier letrero que encontrara, de
un comercio o un anuncio de cualquier festejo. No era su
ciudad como las de ahora, donde la información es abundante y muy compleja, llena de estridentes carteles
que te hablan de todo.
Una vez serena se sentó en un sillón, abrió su
libreta y empezó de nuevo a escribir. Las palabras iban aumentando sobre el
cuaderno como gotas de lluvia que arrecia sobre el suelo, así con su cuaderno
en la mano, pasaba las hojas llenas de sentido. Todo era apacible, sereno. No
levantaba la cabeza de aquel papel de colores unido por una espiral de alambre,
una cosa tan sencilla le hacía sentirse bien. No se necesita tanto para ser
feliz… Y de repente se asomó por la ventana, dio las
buenas noches al día, no soñaba.