Camarero en verano, estudiante durante el resto del año y músico a tiempo parcial. Eso dice él cuando le preguntas. Más bien sin preguntarle, él lo cuenta, cuando toma confianza. Por qué, si todas las mesas de la terraza están vacías, siempre hay alguien que llega y se sienta justo al lado de la única mesa ocupada. En ella está esa mujer que toma café con hielo, lee un libro y de vez en cuando sólo mira al mar, desde la terraza del Balneario.
Hoy, se han acomodado bien pegaditos a ella una pareja: él prejubilado de una entidad bancaria. Presume de su situación, habla de la crisis económica con el camarero y músico a tiempo parcial. Le cuenta que cuando él era joven, trabajaba en el cine de verano de la localidad. “Había dos cines con programa doble –películas de estreno- cuando terminaba la primera salía en la bici con el rollo hasta el otro cine. Me traía la segunda, que en el otro había sido la sesión primera. Así todas las noches. Yo era primo del dueño del cine. Hacía esto y veía la proyección gratis, esa era mi recompensa”. Al camero lo llaman de otra mesa. Se va eludiendo el compromiso de tener que hablar de la crisis, aludiendo a su obligación.
Han llegado otros que ocupan una mesa más lejana. Ella siempre aprovecha para hablar por el móvil –vienen a diario- una y otra vez. Él fuma un gran puro y se tomará una manzanilla con whisky. Con voz aguda y rajada se oye, “camarero, un Maui como todos los días. Ya viene. Antes de llegar con la taza humeante, ella ya está hablando, debe ser la hora de la tarifa plana. Hoy como el viento lleva otra dirección, no se oye lo que habla ni con quién.
Mientras, la mujer del prejubilado se ha ido a darse un baño, después de tomarse un café con leche calentito. El marido se ha quedado haciendo el sudoku de un periódico con nombre de las primeras letras del abecedario. Parece que no le cuesta mucho trabajo, a pesar de haberle confesado a su señora que lo hará a tientas, pues se ha dejado las gafas en casa. Será que los números se le dan bien, ahí está, escudriñando operaciones. Ella como una sirena, alza un brazo y lo saluda con mucho amor. Él se da la vuelta con gesto despistado y sigue con la prueba del nueve.
Con vestido de rayas azul marino y alpargatas rojas, la mujer que lee sigue ensimismada en la lectura; conversando con los personajes de la novela de forma que, la coloquial charla de alrededor no le haga perder el hilo de la trama. Se toma el último sorbo de café y enciende un cigarrillo, observa las mesas vacías, las cuenta: una, dos, tres… hasta cincuenta. Y se pregunta esbozando una sonrisa acompañada de un gesto ceñudo: “qué misterio tendrá, sí todas las mesas están desocupadas, por qué todos nos sentamos unos tan cerca de los otros"