No existen más que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo. Oscar Wilde

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lunes, 27 de mayo de 2013

MALA TINTA

foto de internet
El barbero se llamaba Pedro, la barbería, la de “Perico el sordo”. Así era conocida en el pueblo. Pedro tenía perdido este sentido, algo que no le impedía gozar del buen sentido del humor y mucha ternura. Así como el saber escuchar lo que quería. Siendo sordo hacía de su carencia buen papel cuando no le interesaban los chismes. Y, hacía gala de su buen hacer como cortador de pelo, arreglos de barbas y bigotes, además de  afeitar como nadie en el lugar.
 En la peluquería se compraba, “El Vertical” a diario, como a diario venía su sobrina Adela a leerlo. Así se inició esta adolescente en las palabras escritas llevándoselas pegadas en los dedos por la mala tinta de la impresión de aquellos años de linotipia y rotativa. Luego en la calle, jugaba con los niños a rayuelas y escondites y les contaba lo que había leído. Boquiabiertos, la oían con mucha atención. Los mayores del vecindario le preguntaban quién se había muerto; otros las recomendaciones de la cartelera y su calificación moral. Había días que Adela tenía que salir corriendo de la barbería porque su madre daba el grito en la puerta: “¡es la hora de comer, Adela!”

De aquellos tiempos de lectura del diario local, le quedan a la periodista que es hoy, los recuerdos del tío Perico y su sordera. Muchas veces cuando escribe un artículo en la página web del moderno periódico digital que dirige, se acuerda y añora la mala tinta impresa.


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Este relato participó hace unos meses en Triple C. De los resultados de la convocatoria no se sabe nada...                       
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martes, 2 de abril de 2013

LA FRASE





Nos  lo decía siempre él, “que el tiempo no os devuelva a donde tuve que ir”. Ayer enterramos al abuelo. Hoy abrimos la maleta que nos dejó en el altillo del ropero. Vieja, ajada, descolorida por el tiempo, pero llena de memoria de aquellos años de extranjero. Hoy entendimos sus historias, las que nos contaba noche y día, y a cualquier hora. Dentro, pocas cosas de valor.  En color sepia marchito, los enseres y muchos papeles amarillentos con lánguidas palabras escritas, cercanas en la distancia. Sin deslucir, una quebrada  mirada en la foto de sus padres. El abuelo siempre acababa sus cuentos de emigrante de esta manera. 


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Este relato participó hace unos meses en Triple C (Siento no recordar cómo se llama la foto ni quien es el autor)
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martes, 26 de febrero de 2013

LA ESPERA

Ilustración de Laura Garrido
      

 Todas las tardes desde aquel día trágico camina hasta el puerto, entra por el pantalán más cercano y se sienta a esperar que llegue el barco, pero el bajel no llega nunca. Y, vuelve a casa entre los colores y la bruma del crepúsculo. Espera que pase la noche oscura, la que traerá el día claro hasta que llegue de nuevo la tarde. Desde el fondo insondable, parece atisbar las estelas que dejan ver una sombra, como si el sol grácil las filtrara suaves a través de las aguas. Yo me conformo, ella no.
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Pasé por Triple C  con mis palabras escritas acompañando la ilustración de Laura Garrido
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