No existen más que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo. Oscar Wilde

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jueves, 5 de noviembre de 2009

NA, NA, NA.....

Así sonaba la canción de la sintonía de aquel Barrio Sésamo que veíamos con nuestros hijos. Eran los años ochenta. ¡¡¡Cómo disfrutaban !!!

Monstruo de las galletas, Gustavo la rana reportera, Espinete y Don Pinpón.


Epi y Blas, Toda la panda. La Gallina Caponata.

Todos estos personajes llenaron las vidas de muchos escolares y preescolares que aprendían mientras miraban la TV.
ROJO, VERDE, AZUL...
GRANDE, PEQUEÑO....
REDONDO, CUADRADO....
DENTRO, FUERA....
DULCE, SALADO....

na, na, na....
Para mis hijos que miraban atentos

jueves, 10 de septiembre de 2009

EL COLOR DE SEPTIEMBRE

Esta mañana corría brisa fresca de Levante

10 de septiembre

Ayer el sol se ocultó rojo, incandescente
como lava que vierte un volcán.
Nubes veteadas de color anaranjado,
corrían deprisa hacia él
hasta fundirse en el mismo tono.

Durante la madrugada, el vendaval
transportó la tierra a la tierra
cambiando el color y el olor del mar.

Por la mañana, la línea del horizonte
era exacta; la costa, los montes, las islas,
las casas y los dos mares. Se podían
calcar en sus límites perfectos.
No había necesidad de mapas, ni cartas
marinas para navegarlo.

Hoy el sol se ha ido por la puerta del Norte
radiante, rotundo.
Dejando paso a la Luna gorda, blanca
llena, es, Septiembre.

Adiós astro rey: vete tranquilo que yo
iluminaré la noche. Me toca.
Entonces el mar que parecía blanco
plateaba las olas.

Mañana el horizonte relucirá de nuevo
como un pueblo iluminado,
de una costa que la Luna,
hubiera inventado
....y mañana, 11 de septiembre.
Anita y Antonio

lunes, 24 de agosto de 2009

ESCENA / 2


Dentro había en un lado una señora de unos treintaitantos que habla sola; parece una autómata, no se dirige a nadie, sino que hace gestos, mueve la boca y va de un lado a otro en una escena tan pequeña, como pintoresca. En el otro extremo como si se tratara de un escenario diferente, se halla un hombre sentado en un taburete, como los de cualquier bar de barrio, de ésos en los que los hombres van a tomar un cortado y se quedan toda la mañana hablando de sus cosas con ellos mismos. Así era lo que se apreciaba a través de la luna de la vidriera vieja del almacén de ropas de oficio y tareas domésticas. El hombre se decía a sí mismo cosas. Como es natural, a través del cristal no se entendía; lo que daba lugar a suponer que se contestara era la adopción de las distintas posiciones que aquel individuo tomaba. Después de una parrafada al aire minúsculo en el que está embutido, con las mismas, se gira o da la vuelta en redondo, tal como si fuera una peonza de madera después de haber soltado la cuerda. Pues bien, igualmente, de la misma guisa, él se responde en su parloteo, de forma que sus brazos, sus ojos y sus manos, siguen un orden. Todo según la intención de sus palabras. Al menos eso es, desde fuera, lo que se puede intuir.
No se podía mover de delante del escaparate, sus zapatos empapados parecían haber sido impregnados en una resina impidiéndole dar un paso; su cara atónita ante el espectáculo, y, la serenidad pasmosa que le sobrevino en ese momento la frenaron de súbito.
Continuará....

miércoles, 19 de agosto de 2009

ESCENA 1

Camina deprisa por una acera gris, de baldosas sucias, que empiezan a brillar como perlas bailando al compás de las gotas de lluvia que durante todo el día han caído, dejando sobre el asfalto el reflejo añejo de esta ciudad que tanto conoce. Hacía mucho tiempo que no la visitaba. Ahora se siente como si nunca se hubiese marchado.
Va embozada en una gabardina que guardó durante muchos años. Tiene una cita en un café del bulevar. Su intención cuando se dirigía hacia el lugar, es en primer término, tomar un desayuno tranquila, pero la inquietud le hace salir sin pensar en nada más que en el encuentro. Al cruzar la calle, distraída y acelerada por la corta duración del semáforo, no se percató del gran charco que había. Cuando se vino a dar cuenta sus pies ya estaban dentro. El agua le llegó hasta las rodillas. Fue como cuando una gaviota introduce el pico en el mar para coger un pescado, y lo pierde. Así se quedó. Mirándose de abajo a arriba, sacudió con las manos el agua sucia que le había empapado el gabán; al levantar la vista se encontró de frente con la gran luna del escaparate, la de aquella tienda que antaño, donde vendían manteles, delantales y paños de cocina; situada al principio de la alameda.
Ya está cerca el antiguo café, “como es temprano me dará tiempo a secarme”. Piensa. En ese instante se fija en el escaparate vacío que le muestra, a modo de escenario, algo muy singular e inusual. Nunca visto.
Continuará....