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| foto prestada de Tino Álvarez |
De niña soñaba que el tren un día llegaría
hasta su casa, que circularía por un camino distinto al de hierro. Cuando oía
el pitido de la máquina o el chirriar de las ruedas de aquellas locomotoras de
carbón, se despertaba, asomándose por la ventana para ver si de verdad había
raíles. Era una quimera, pero, hasta olía
el humo grisáceo; parecía entonces como si
cayera carbonilla, entrándole en
los ojos.
El
sonido del ferrocarril fue siempre un sonido familiar. Muy cercano. Lo que nunca
se atrevió a mirar fue las vías desiertas en la bruma de la madrugada. Ahora,
ya es mayor y ve entre las vías y la niebla espesa, una imagen que nunca soñó.
Detrás de esa estela blanquecina de celaje denso por donde se puede vislumbrar
que se oculta la estación, están ellos en su último viaje. Juntos, con la maleta recién hecha. Ahora los ve. No hay
boria tampoco es una pesadilla.
a la perfección el arte en blanco y negro





