Saben
a sal
Desde la barcaza se
escuchan gemidos de miedo, llantos de niño. Una madre abrazada a su hijo
señala, “Mi hijo sabe a sal” mientras le tienden una mano desde la balsa
salvavidas. Llegaron al alba de calma negra. Un mal sabor empañado. Alcanzan la
isla de Lesbos, dios patrón de tierra, nieto de Eolo que resopla vientos.
Puerta de entrada, acaso puente, para personas que huyen de una guerra en la
que no quieren morir. Mojados, agotados, ateridos del frío azulado, el piélago
los arrastra con soplos insolidarios, donde ni siquiera queda sitio para
enterrarlos. Entonces, saben a muerte, sin más.
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Esta es mi aportación a la propuesta de Miguel Torija para PMI junio 2016

