No existen más que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo. Oscar Wilde

martes, 31 de octubre de 2017

RUIDOS / 1












En absorta contemplación
sobre la barandilla, aventurada
al horizonte, solitario de  nubes
con  sabor de mar cercano,
a la espalda la palmera
llora gotas amarillas.

En cualquier tarde de otoño,
el crepúsculo llama a la noche 
con insistentes palabras,
la brisa masajea las lágrimas
como el mejor ungüento suave
para calmar la luz que se apaga,
para dar belleza a su mirada.

La serenidad de la tierra
por la ausencia de viento
trae  suspiros de algodón.
Sólo el paso del día deja ruido,
quizás por eso la melancolía.


Cuaderno Azul
Poema recuperado(2010) 
Dará paso a otros "Ruidos"

domingo, 15 de octubre de 2017

A LUZ DE OTROS FAROS



La luz de los faros

Como vuelo inquieto, los días junto al mar,
serán más y más.
Como los días que vendrán, espero
esa la luz del faro, cuando tenue acaricia
por mi ventana.
En ese lugar de calma,
al que vuelvo.
Como el olor a jazmín que evoca mi pensamiento.
Aunque el patio no esté aquí.

Busco en la memoria.



viernes, 15 de septiembre de 2017

TACTO


Las copas palpitan entre los silenciosos brillos del aparador. Oyen la llave y dejan de temblar. Saben que pasará su mano por ellas. Se estremecerán. Sobre la mesa siempre un ramo de claveles, un libro, un cuaderno y un buen caldo. Conocen su tacto dulce, como ella, cuando él la transporta de la cama a la silla de ruedas cada día. Hoy, escribiremos.


Un microrrelato encontrado en mis papeles sueltos.

martes, 5 de septiembre de 2017

SEPTIEMBRE



             Durante las horas del alba las miradas arrancan emociones que, cada uno guarda como propias, distintas, extraordinarias. Abiertas como los días.


martes, 20 de junio de 2017

PRIMAVERA DE MICRORRELATOS INDIGNADOS 2017


Viaje incierto


     Amir y su familia deambulan entre casas en ruinas de una ciudad en caos. Un día él y Azhaar, su mujer, hablaron y decidieron embarcarse sin destino. A la búsqueda del cobijo merecido. Cruzarían el mar. No querían morir entre escombros. Con hambre y frío iniciaron el viaje. En la maleta solo lo estrictamente necesario: varias mudas de ropa. Cuando los niños lloraban angustiados, él les escenificaba historias sobre Ítaca y poco a poco fueron recorriendo con su imaginación las islas del Marenostrum “Esta es nuestra Odisea”, pregonaban, ilusionados en la barcaza.

     Después de una travesía por ese Mar de todos, llena de penuria y agotamiento, vivieron entre charcos y miseria, suciedad y plásticos, en una tienda de campaña. Hacinados entre basura. Sin agua, sin luz y sin comida. Bajo el cielo de la insolidaridad, en una tierra que bien podría haber sido el puente que les abriera paso a su Ítaca particular, la de ellos y tantas familias sirias a la intemperie.

    Amir, Azhaar, Ifan e Imad, tuvieron que tomar un autobús por decisión política de los acomodados occidentales. Parecían desechos de un naufragio en un mundo que mira con ojos rancios hacia otro lado. Su historia, como tantas otras se pierde entre recuerdos y palabras de los que vagan sin hogar. Quizás fueron devueltos a su país en guerra o quizás sigan deambulando en busca de un rastro de humanidad en otras tierras, al no ser reconocidos, por el perro cancerbero, ni dioses que los protejan.

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Esta es mi aportación a la propuesta de Miguel Torija para PMI junio 2017

viernes, 16 de junio de 2017

LA TRANQUILIDAD



 Es preciso, mirar en silencio porque el céfiro acariciará tu cara. Lo percibes, lo reconoces. Lo sabes. Se cuenta que los antiguos llamaban a nuestro viento de Levante: maresía  o brisa de mar. Elena lo ha oído por ahí a los hombres de la mar. Para contemplar el mar en su vaivén disfrutando del rumor de las olas, buscó aquel día, un hueco en la playa.
El olor a salitre y algas, el sabor salino sobre tus labios: son besos de mar. No se buscan, se encuentran por su belleza. En la tarde que se va. Sola y acompañada por el color. Recorridos que el cuerpo recibe.
Sigues sentada en la orilla, sobre la arena parda con los últimos rayos de sol en tu espalda, como la cámara del fotógrafo. Y, tú te quedas empapada en la hora azul, en esa calma que se torna azafranada.
Será quizás, la instantánea de aquel día de noviembre. Será, el sosiego merecido igual como la palmera se siente dibujada en el paisaje. Pintura al aire, junto al mar donde siempre estás, serenidad. Sólo con la mirada, llega y no sólo tú piensas igual. Miras alrededor, buscándola.
Suaves colores sobre la fina arena, jugando al despiste entre duna y duna. Nunca estás sola. Después del vuelo, descanso. Tranquila tú esperas.
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 Este relato participa en #palabrasalviento en ZENDA 



miércoles, 24 de mayo de 2017

"MENSAJE DE UN DÍA TRISTE" 2º premio Certamen Literario

En la madrugada de un día de diciembre ocurría. La luna se escondió entre las nubes rasgadas y amenazantes. Las estrellas centelleaban acompañadas por otras lunas, satélites y agujeros oscuros. Desconocidos en el firmamento cercano a la vista. El cielo se tornó tan resentido que, se sabía traería la lluvia tan necesaria para la tierra. Siempre tan esperada. Nunca con tanta intensidad y tan impensada para hacer daño.
         Muy asustados ante aquel suceso insólito, algunos vecinos del pueblo se acostaron con la mirada en el cielo negro, oyendo el enorme aguacero que caía sobre los tejados y arreciaba con las horas. En el duermevela, muchos vieron el agua llegar circulando por las calles, como regueros llevándose por delante lo que encontraba a su paso. Sin vacilar, el agua con gran virulencia entraba en las casas por los patios, buscando salir por la puerta principal con la prisa de una visita inesperada. En un arrebato. El agua de lluvia escudriñaba el camino hacia el mar, en un tránsito sin piedad. Inundando casas, sótanos, muebles, enseres, ropa, libros… En una escorrentía nocturna y desproporcionada. Algunos coches sin conductor circulaban a la deriva.         
En una de las casas, una abuela y su nieta permanecían subidas encima de la cama. Habían puesto, como si de un juego se tratase, toda clase de objetos debajo de las patas de la cama para elevarla del suelo lo mejor que pudieron. Mientras el agua corría por el terrazo. Allí se sentían seguras. La abuela, Soledad, casi susurrando con mucha ternura y arrojo, le contaba cuentos sobre el Mar Menor para que no se asustase. No quería hacer notar su aturdimiento. Su miedo. Así pasaron las interminables horas sin dejar de narrarle historias inventadas con gran fantasía. Le hablaba, sobre las peripecias de los caballitos de mar, los cangrejos, y los zorros. Le contó cómo era el Mar Menor con sus barracas de madera y sus largos pasillos, desde donde se tiraban en el verano al agua. De las aventuras con abordajes de piratas, fingidas en los flotadores de cámaras de motos y camiones, tan grandes como una balsa neumática de las de ahora. También de los saltos y piruetas desde las plataformas que se adentraban en mar.
Le contó cómo eran los bañadores de faldilla que se ponía la abuela, hechos por la modista. Quería hacer sentir a Andrea, su nieta, como una sirena en aquella noche triste de torrencial lluvia. Evitando que la niña notara su temblor y preocupación. Este fue su propósito en cada momento. También le habló de la feria de su infancia, del tiovivo y los futbolines. Y del cine de verano, en las noches de cielo raso con sesión doble, las pipas de girasol y el apetitoso bocadillo de tortilla. Andrea la escuchaba con una mirada muy atenta, entre alguna boqueada de cansancio.
De vez en cuando Soledad llamaba al teléfono de emergencias. “Tranquila señora, iremos a por usted” Sin estar tranquila, guardó la calma como pudo. La nieta con los cuentos, se quedó dormida. La abuela, veía pasar flotando como bajeles, los portarretratos de la cómoda. Su vida pasaba por delante sin poder hacer nada por impedirlo. Parecía un mal sueño. Lo fue. Soledad tardará en olvidar. La casa se empantanó poco a poco de tal manera que si bajaba de la cama, utilizada de flotador salvavidas, el agua le llegaba por las rodillas. Con arresto se mantuvo despierta. A flote.
Casi al alba, entre los estrepitosos sonidos de sirenas, no del mar como los cuentos que le había relatado a su nieta y las luces resplandecientes de los coches de Protección Civil, nada que ver con las luminosas, recordadas de la feria de aquellos remotos veranos, Soledad suspiró. La noche más larga declinaba. A su puerta que parecía la escotilla de un buque, por fin llegaron a rescatarlas los efectivos de emergencias. Soledad y Andrea al igual que otros vecinos fueron trasladadas a un albergue improvisado para la ocasión. Se quedó la casa sola, entre las aguas enfangadas, sin saber ni cómo ni cuándo volverían. No quiso mirar hacia atrás demasiado. Sólo pensó en que habían sido socorridas. Estaban vivas.
 Ya es otro día. Un día lleno de sol como son la mayoría de los días en Los Alcázares, donde el mar es calmo y templado, sólo inquieto cuando sopla el Levante. Después de tan inclemente tormenta, ganarán los días en los que el sol encandila los ojos por su resplandor. A Soledad se le enturbiaron en ese instante de lágrimas como los ojos azules de su nieta. En el ajetreo, Andrea se despertó y pregunto: “¿Abuela, vamos a la feria?”. La abrazó muy fuerte, abrigándola con sus brazos. Sonrió y les dio las gracias a quienes las trasladaban a ese lugar seguro. En el trayecto, desde el vehículo donde iban, observó cómo las calles eran ramblas, riachuelos afluentes, ríos y grandes avenidas llenas de fango y agua, buscando de forma desmedida llegar al mar.
 Un mar que también sufriría las consecuencias de la borrasca. La tierra, entraba en él, tiñéndolo de un tono marrón parduzco que apagaba la calidez azul y cristalina que lo caracteriza. Pensó, que ese color no le favorecía. Ni al mar ni a su pueblo. Soledad volvió a suspirar. Ahora un poco más calmada. Entonces utilizó el móvil para poner un mensaje a la familia. Escribió de forma telegráfica: “Estamos bien. Nos llevan a un albergue. Os quiero”.

























Gracias a mi amiga MARIOLA que asistió a recoger el premio en mi ausencia.

miércoles, 3 de mayo de 2017

SE ACABA ABRIL EMPIEZA MAYO




Se acaba abril empieza mayo

En estos días, la naturaleza deja sin palabras, 
el color te embarga la mirada 
y el olor te enturbia el olfato.
En estos días, la belleza se toca con las manos,
paladeando sabores imprecisos,
la primavera no es una estación. Es un sentido.
En estos días, la luz acompaña a la vida pasar.

Mi participación en la Revista Valencia Escribe 
del mes de mayo que dirige Rafael Sastre.

martes, 25 de abril de 2017

"NADA" PRIMER PREMIO EN BULLAS


 "NADA"
        Mariola tiene la vida llena de papeles escritos, los lee y relee, y los vuelve a escribir. En ellos hay palabras de todos los colores, algunos sabores y muchos aromas. Suaves como el buen vino. La mayoría de las veces cuando los rompe, se arrepiente. Igual que de una mala borrachera.  Si las ideas se arremolinan en el ático de sus pensamientos, la mano y el lápiz parecen delirantes hasta expresar los sentimientos inasibles. Siente que le falta el aire.  Es como cuando pinta y se abstrae. Cuando cose y descose. Da tiempo para todo. O para nada.
       El viento hoy es calmo y cálido, tal  girandola en su rededor. Sólo el paseo por la orilla apacigua sus ideas que fluyen como las olas inquietas mojándole los pies. Mientras amanece por la ventana, la mujer de la camisola amarilla, se confunde con la bruma de una mañana que parece más, un caleidoscopio de mil colores. Quien mira, nada puede hacer por ella.




jueves, 20 de abril de 2017

ESCRITO EN VERANO

Carmen M. Marín

Mientras leía: "Nubosidad variable” de Carmen Martín Gaite, se oscureció la luz en su ventana. Con el vaivén, las nubes, rompían amenazantes sobre los tejados de las casas en la playa. Cogió la cámara y se asomó e hizo algunas fotos. Las nubes eran espectaculares bolas de algodón a lo lejos. "Entre visillos" parecían filtrarse las gotas de lluvia que caían dispersas, sólo calaban en el jardín. Hasta la casa llegaba, ese olor a tierra mojada tan especial en verano. Los nubarrones cargados de tintes sombríos, le hacían recordar otro libro. Buscó el cuaderno azul, donde siempre escribe. Dejó de leer a la espera que pasara la tormenta. El celaje del cielo se preveía breve. Unas gaviotas espantadas planeaban buscando el mar. Pensó que volvería la luz antes del atardecer. A Francisca le gusta escribir. Y así lo hizo, en su cuaderno azul. En él hace reseñas de libros, escribe algún que otro poema y cartas sin destinatario, como esta.
Un placer, leer, vivir otras vidas, tocar la suavidad del lomo de un libro, oler la letra impresa con aromas tan distintos: intrigas, desamores, mañanas soleadas o noches sin sueños.
 Otro placer escribir con buena letra. Dejar que la mano y el lápiz se deslicen por el papel que, dejará de estar en blanco para saborear el gusto de las palabras, de las letras. Unas veces alegres, de colores delicados o con tintas cálidas, como los días de verano. Otras amargas.
 Escribir, afirma y confirma la personalidad, define los estados de ánimo de quienes ejercen la acción. Leer y escribir, podrían ser sustantivos con vida propia, convirtiéndose en verbos que hicieran bailar a las palabras. Y las palabras se unirían al baile, formando un pentagrama imaginario que tanto al escribirlo como al leerlo, produzca una sonoridad perfecta, como la música.
 El eco de las palabras al escribirlas lo conoce muy bien el papel. La mano sabe de su sonido silencioso, acompasado por la mano y la letra, sonando en cadenciosa caligrafía que a su vez forman parte del sentido de la vida.
 Cada uno de nosotros, una vez, aprendimos a escribir, a escribir bien y seguimos escribiendo así, toda la vida, con la misma letra. En el orden de nuestra vida está, el orden de la escritura.
 Un cuaderno y un lápiz es el mejor juego para entretener a un niño. El garabato es el primer signo impreso, igual que el balbuceo, precede al habla. Estos primeros trazos se parecen a los colores  y la luz del verano.
 Ahora, suenan músicas distintas, son las grafías del teclado, pero estas, son quizás otras sinfonías, no son mudas, hablan rápidas en su navegar. Se mezclan en grandes mares de difícil comprensión, su extensión es incontable y su velocidad traslada la información de manera impresionante.
 Pero, estas serán otras músicas, en las que la caligrafía no identificará a las personas, sí las comunicará de forma extraordinaria. He aquí el futuro, la música del teclado.

Ahora, Francisca, vuelve a mirar por la ventana. La tormenta ha pasado, la luz regresa para ser la protagonista. Este es otro verano, después de leer y escribir o de escribir y leer…

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Este relato participa en #historiasdelibros de ZENDA