Me subo en el ascensor, ¡las
llaves! Al llegar al portal las llevo en el fondo del bolso. Salgo a la calle,
¡el móvil! Vacío arrebatada el bolso y no, no está. ¡Ah! Lo llevo en el bolsillo. Después al cruzar la
calle, titubeo hacia dónde dirigirme. La lista, la lista de las cosas por
hacer: “ir a recoger los zapatos al remendón; pasar por la librería. Comprar:
mantequilla, azúcar y papel higiénico.” ¡Ay, no me lo puedo creer! Yo, siempre he
tenido una memoria extraordinaria, siempre he sabido dónde y cómo están las
cosas. Además llevo cuadernos donde están apuntadas las cosas más
inverosímiles, en fin.
Me
fastidia, me enfado conmigo misma y a veces hasta me oigo hablar por las
esquinas. Y esos despistes que te juega la vida con los títulos de películas, libros o una canción. Esos que tienes en la
punta de la lengua y cada uno va
diciendo un nombre, un paisaje o el director de escena. ¡Va, ya nos
acordaremos! Y en la coloquial charla de desayuno, alguien se queda callado bastante tiempo, lo ves ahí, desempolvándose
hasta la última neurona para acordarse del título. Lo peor, cuando te quedas
sola y no dejas de darle tumbos a la memoria, a los recuerdos. Lo mejor, cuando
vienen otros que son agradables e inundan el momento reciente. Sólo hay que
esperar, disfrutar de ellos y cuando vuelves a ver a los desmemoriados, reír,
reírnos juntos. Sentados en la esquina cercana ¿por qué no?...Tomando unas cañas.



