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| Noria de la Rueda en La Ñora |
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| Molino de Los Casianos |
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| La Aljufía Acequia Mayor o la del Norte |
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| Molino de Funes o de las tres piedras |
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| Casa del Pantano en la margen izquierda de La Aljufía |
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| Huerto de naranjas |
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| Huerto de limones |
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| Noria de la Rueda en La Ñora |
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| Molino de Los Casianos |
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| La Aljufía Acequia Mayor o la del Norte |
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| Molino de Funes o de las tres piedras |
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| Casa del Pantano en la margen izquierda de La Aljufía |
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| Huerto de naranjas |
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| Huerto de limones |
En este recorrido de hoy, por la huerta cercana, nos encontramos con la acequia menor Zaraiche. (Se llama así al pasar por la pedanía del mismo nombre, pero es hija de la Acequia Mayor Aljufía) muy cerca del final de la Senda de Granada(Cabezo de Torres) en su trayecto hacia Monteagudo.
Esta acequia recibe las aguas sobrantes del riego a la azarbe de Campuzano Alto. La acequia Zaraiche devolverá el agua al río para volver a utilizarla más tarde.
En este tiempo de invierno se está realizando la monda de la misma o limpieza de los quijeros y cortado de cañas. Me encontré con un huertano haciendo la labor.
La riqueza de la tierra y el arte del huertano se puede ver en los distintos cultivos tradicionales: patatas, habas, lechugas incluso perejil.
| Acequia menor Zaraiche |
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| Es tiempo de monda |
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| Azarbe Campuzano Alto |
| Bancal de caballones con patatas recién plantadas |
| bancal de perejil |
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| Acequia Benetúcer |
Esta acequia transcurre por debajo de la ciudad de Murcia.La Benetúcer es una acequia menor que parte de La Aljufía acequia mayor. Toma este nombre desde el Molino del Amor (La Albatalía) Se hace visible en la Senda de Enmedio (Puente Tocinos) en la margen izquierda del río Segura muy cerca de su mota.
Su recorrido está encauzado impidiendo que sus quijeros tengan la flora autóctona. Cada día son más las acequias que están ocultas, entubadas o encauzadas.
Por la Senda de Enmedio, Carril de la Amistad y Carril de La Filomena se puede apreciar un paisaje lleno de vida, con naranjos, limoneros y bancales de hortalizas. Un recorrido por la huerta cercana de 12Km. en estos tiempos de Pandemia.
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| El camino paralelo adopta el nombre de la acequia |
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| La acequia Benetúcer después de su paso por la ciudad |
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| El tablacho aguanta el agua para que vaya por los brazales a regar los bancales |
día de enero en calma.
En estos tiempos raros que estamos viviendo.
Sin poder ir junto al mar.
Incertidumbre
Cabopá
| Esta foto es del archivo Blogger de mi autoría |
No puedo subir fotos de las carpetas de mi ordenador.
Da un error: "Se ha producido un error en la subida: operación rechazada por el servidor"
Por más que lo intento, nada de nada.
Vuelvo después de muchos días y en el icono de insertar imagen
hay cuatro opciones:
desde el ordenador
fotos (para el móvil)
Blogger
URL
He aquí la cuestión si pincho en Blogger se abre la pestaña y me dice:
Añadir imágenes
De este blog
Del archivo del álbumes de Google
Así que de esta manera he subido la foto que puede ser perfectamente de 2009(desde añadir imágenes de este blog, el mío claro) La última vez que subí una foto fue en noviembre de 2020 después cambió la plantilla o servidor de Blogger y hasta ahora. No me resulta nada dinámico el nuevo servidor, es complicado y enrevesado.
Me resisto a compartir todos mis archivos fotográficos a Google
¿ Qué hago?
Dejo esta entrada por si algún bloguero/a la ve y me puede ayudar.
Muchas gracias.
La llegada de la nueva profesora al Instituto fue como una
cuerda elástica. Nos hacía vibrar en el aula con los ojos abiertos y la escucha
atenta. Su explicación y relato de la
Historia dio un vuelco tan impresionante como rotundo. En los pasillos
cuchicheábamos. Parecía mentira, era todo tan distinto a lo que estábamos
acostumbradas, pero Lupe fue real.
Las demás asignaturas perdieron interés por tan solemnes.
Siempre lo mismo, sin salirse del programa establecido. Sujetas al canon
estipulado en aquellos manuales
arcaicos. Lupe nos daba apuntes que tomábamos con ilusión, todo aquello
que no estaba en los libros, no era poco, era, como agua clara y fresca para
beber.
Con ella lo primero era la etapa actual, desde el final hasta
el principio. Como el mundo al revés, eso nos decía. Conocimos lo que nunca se
llegaba a explicar porque acababa el curso. Aprendimos hechos históricos, no fechas ni batallas. Se nos abrieron nuevas ventanas, incluso
con ellas cerradas. Un centro donde los únicos hombres eran los profesores.
En aquellos tiempos en los que no estaba permitido el tuteo,
Lupe lo aceptaba, fue ella, quien nos sugirió que lo hiciéramos. La hora se nos
hacía corta. Impartía sus clases con vehemente pasión. Nosotras
entusiasmadas.
Tampoco eran tiempos de libertad, por eso susurrábamos sobre
los temas, que nos abrían los ojos a tantas cosas. Fumaba pitillos sin
boquilla. Nosotras embobadas. Cuando se le quedaba una brizna de tabaco entre
los labios y sin dejar de hablar se las quitaba. Nosotras la imitábamos.
Aprendimos tanta Historia como nunca podríamos imaginar. Esto
fue en la década de los setenta. Nosotras alumnas de un instituto femenino en
una capital de provincia con mucho sol y costumbres conservadoras. Solo el
patio tenía luz y alegría, los profesores eran tan grises como sus trajes.
Lupe no volvió el curso siguiente. Nosotras lo lamentamos
mucho. Estoy segura que al claustro le molestaba que a ningún profesor le
hiciéramos corrillo en el aula con nuestras preguntas. Sobre todo al de
Religión, a veces, tenía que esperar en el pasillo un rato a que ella saliera.
Menudo contraste se iba la apertura y entraba la cerrazón. Lo recuerdo parapetado
en la puerta con su sotana. Se miraba el reloj penitente.
Con este relato participo en el Concurso de #MiMejorMaestro en ZENDA
Mi escuela era húmeda y
gris con dos ventanas por las que algún día entraba el sol. Mi maestra, doña
Paquita hacía punto de aguja mientras cantábamos, los ríos, las cordilleras,
los golfos y los cabos de la Península Ibérica, las capitales europeas, y las
tablas de multiplicar. Entonces se transformaba en colores, parecía otra. Se
convertía en una escuela alegre de voces cantarinas.
Mi maestra una gallega
adusta, siempre llegaba tarde, siempre con su paraguas, un adorno que usaba
como quitasol en primavera. Sabíamos que llegó aquí por amor. Se enamoró de un
hombre de Levante que además de ser maestro, como ella, tenía planta de galán.
Todos los días se despedían en la verja del colegio con dos besos en las
mejillas. Nosotras embobadas contemplábamos la escena en aquellos tiempos en
blanco y negro y miradas de cine mudo. Una escuela solo de niñas. Algarabía y
cuchicheos.
Doña Paquita quizás,
adelantada de su época, aún practicando los métodos de la enseñanza del
momento, por las tardes nos hacía leer capítulos de Corazón de E. de Amicis.
Nos gustaba mucho leer. Nos sobrecogió aquel relato de un niño que escribía
cartas desde los Apeninos a los Andes. Nos conmovía. Transmitía valores de
sacrificio, familia, incluso patriotismo. Esto también lo hacía mi maestra, la
época era para eso y poco más, como el inculcar valores parecidos, sobre todo
el patriotismo vigente con cierta pedagogía decimonónica. Más tarde comprendí
que el sacrificio y la penuria que comunicaba el libro lo que dejaba entrever
era la emigración. Nos contaba que había muchos gallegos en América. A
propósito del libro que leíamos.
Más tarde, en la
universidad, a la que siempre nos decía que algunas deberíamos ir, eso sí, con
beca pues éramos de un barrio obrero. Antes y allí terminé de entender
demasiadas cosas.
No era mi maestra
anticuada, no. Vestía muy bien con su gabardina elegante, zapatos de tacón y
labios de carmín rojo. El pelo un tanto encrespado, quizás no acostumbrado al
clima seco y cálido del sureste peninsular. Hacían buena pareja, después del
beso diario en la mejilla, él se ponía un calzador o sujetador metálico en las
perneras de los pantalones, montaba en su bicicleta y se dirigía a la escuela
de los niños en otro barrio cercano. Los niños a una escuela y las niñas a
otra. Mi maestra era la titular de la escuela unitaria de niñas de un barrio
próximo a la capital. Sólo la jubilación la echaría de allí.
Doña Paquita fue rígida
en la enseñanza, como los tiempos, apenas se apeaba un escalón del programa oficial. Una
enciclopedia donde estaban todas las materias, bastaba. Nada de música, ni
excursiones. Nada extraescolar, bueno sí, el mes de mayo y las flores a María. Volvíamos
a cantar.
Antes del recreo, ella
se convertía en gobernanta de la cocina y nosotras las alumnas en pinches,
cocíamos en grandes ollas la leche en polvo (leche de los americanos) y con
nuestros vasos de aluminio nos poníamos en fila para degustar tan rico líquido
blanquecino y caliente. Decía que era leche. Mi madre me ponía en una bolsa de
tela: vaso, chuchara, un papelito con azúcar y una onza de chocolate
“Clavileño” Así adornado sabía mejor. Y cada día después del recreo nos
explicaba el cómo y el por qué tomábamos esta leche. Nos decía: “aumentará vuestro
desarrollo y el de España. También tardé tiempo en entenderlo.
Mi maestra sabía mucha
Geografía, nos hacía recorrer la bola del mundo nombrando todas las capitales y
los estados de los cinco continentes; ella señalaba con la palmeta, regla delgada
y larga, que afortunadamente solo la usó para esto. Nosotras a coro las
cantábamos. Recuerdo bien sus paradas en la Unión Soviética (U.R.S.S) en China
y en América del Norte. Nos revelaba sus conjeturas. Jamás las he olvidado. Explicaba:
“Algún día volverán a ser países independientes. Acabará el sistema comunista
(nos contaba lo malo que era) De China os diré que llegará a ser una gran
potencia mundial (No se equivocó) Y en América llegará el día que su presidente
será de raza negra”. Tampoco en esto.
Mi maestra era adivina
o bruja porque vaticinaba cosas impensables en los años sesenta del siglo
pasado. As Meigas, habelas, hainas.
Cuando tocaba clase de
costura con bastidor; bordé una bolsa de tela de cuadros para el pan. Algo útil
para el ama de casa que podríamos llegar a ser.
Mientras tanto nos leía historias de la famosa revista de Selecciones
del Reader´S Digest. Escrita en español muy en boga de la época.
Mi maestra en invierno
no pasaba frío. Bajo su mesa tenía un brasero de cisco que atizaba de vez en
cuando. Las mayores de la clase lo habían encendido antes en el patio. Parecía
ser que el Ministerio del momento había decidido que en esta ciudad del Levante
con tanto sol no era necesaria la calefacción. El frío se nos metía en los huesos.
Según nos decía Doña Paquita, “la primavera era continua”. Recuerdo estar en
clase con abrigo y guantes. Ella mientras calentita.
Aparte de su didáctica
tan peculiar y personal, reconozco haber aprendido suficiente para seguir otras
enseñanzas y descubrir con el paso del tiempo a distinguir, cómo y qué aprendí
en esta etapa oscura, donde primaban las gestas que interesaban, el
adoctrinamiento religioso y el encorsetamiento de las ideas rancias que nos
enseñaban.
Menos mal que la
Geografía me hacía viajar. La lectura, conocer palabras. Y la Historia me
mostró los hechos. Después averiguaría yo lo que me interesara en los libros.
No recuerdo materias
que me marcaran, podría haber ocurrido. Ni siquiera aquellas de obligación
semanal que trataban del Ensalzamiento Nacional y que en el bachillerato se
convirtieron en asignatura.
A pesar de los patrones
aplicados por Doña Paquita, ahora y con la edad que tengo todo aquello me
parece una anécdota. Doña Paquita no. No lo fue. Tampoco mi mejor maestra
Con este relato participo en el Concurso de Relatos de ZENDA #MiMejorMaestro
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RELATOS QUE ME GUSTARON XXXII Miguelángel Flores https://www.facebook.com/miguelangel.flores.5454 ha publicado este relato, después de bucear por mi blog. COSER SIN CANTAR data del 6 de agosto de 2014. Es de aquella época en la que los blogs tenían una vida muy activa. Gracias amigo escritor.
Fotografía cedida por Marga P. Diaz
Fue dando grandes puntadas a la soledad descosida por el uso en ese mantel diario. Sobre la mesa fue dejando las palabras entretejidas con percal, aquel que guardó su madre en el cofre de la abuela, el de su ajuar.