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lunes, 23 de noviembre de 2020
MALA TINTA (Reposición)
lunes, 19 de octubre de 2020
COSER SIN CANTAR (Reposición)
RELATOS QUE ME GUSTARON XXXII Miguelángel Flores https://www.facebook.com/miguelangel.flores.5454 ha publicado este relato, después de bucear por mi blog. COSER SIN CANTAR data del 6 de agosto de 2014. Es de aquella época en la que los blogs tenían una vida muy activa. Gracias amigo escritor.
Fotografía cedida por Marga P. Diaz
Fue dando grandes puntadas a la soledad descosida por el uso en ese mantel diario. Sobre la mesa fue dejando las palabras entretejidas con percal, aquel que guardó su madre en el cofre de la abuela, el de su ajuar.
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Marga P. Díaz es una amiga y muy buena fotógrafa mirad aquí:marga-p-diaz.webnode.es
viernes, 9 de octubre de 2020
ZUMO DE NARANJA
Por la mañana, los rayos de sol iluminan sus facciones en un gozoso despertar. Siente como la cara se le templa. Abre los ojos se da la vuelta, extiende los brazos. Piensa los colores del día. Dando un salto se pone en pie. De fondo suenan las noticias en la cocina, se oyen sonidos conocidos. Camina por el pasillo flotando entre los versos que le rondan desde la madrugada y llega hasta allí, donde el exprimidor gira y suelta el zumo de una naranja fresca que huele a recién cogida. Se acerca por detrás y besa la nuca de quién está preparando el elixir que la despierta cada mañana.
lunes, 13 de marzo de 2017
ZUMO DE NARANJA (Reposición)
Por la mañana, los rayos de sol iluminan sus facciones en un gozoso despertar. Siente como la cara se le templa. Abre los ojos se da la vuelta, extiende los brazos. Piensa los colores del día. Dando un salto se pone en pie. De fondo suenan las noticias en la cocina, se oyen sonidos conocidos. Camina por el pasillo flotando entre los versos que le rondan desde la madrugada y llega hasta allí, donde el exprimidor gira y suelta el zumo de una naranja fresca que, huele a recién cogida. Se acerca por detrás y besa la nuca de quién está preparando el elixir que la despierta cada mañana.
miércoles, 6 de agosto de 2014
COSER SIN CANTAR
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| Foto gentileza de Marga P. Díaz |
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Marga P. Díaz es una amiga y muy buena fotógrafa mirad aquí:marga-p-diaz.webnode.es
martes, 22 de julio de 2014
UNA JORNADA DIFERENTE
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| foto gentileza de Nicolás Vaquero Martín |
Nicolás Vaquero Martín es un amigo, fotógrafo y poeta: http://palabrasconfoto.blogspot.com.es/
lunes, 31 de marzo de 2014
FEDERICO
domingo, 5 de febrero de 2012
EL CLUB DE LOS MARTES y 3
viernes, 3 de febrero de 2012
EL CLUB DE LOS MARTES / 2
jueves, 2 de febrero de 2012
EL CLUB DE LOS MARTES
lunes, 5 de diciembre de 2011
sábado, 26 de noviembre de 2011
LA LIBRERÍA
En el techo había una lámpara de múltiples lágrimas, paredes recubiertas de vetustas estanterías llenas de libros, en el suelo pilas de ejemplares por colocar. Un mostrador de madera flanqueaba el arco que conducía al almacén. Delante de la máquina registradora tan antigua como el local que la albergaba, siempre aquel señor amable que sabía de libros. Sobre un taburete una señora encantadora, adornada por su sonrisa tierna y cara lozana para los años cumplidos.
Entrar, ya era un placer por la estampa que representaba; oler el aroma del papel recién imprimido y encuadernado, impregnaba los sentidos, tocarlos y ojearlos la primera maravilla; sin haber viajado nunca.
Llegar, pedir un título, una cuestión de rápida solución. Al momento, la obra en la mano, envuelta en un papel de seda que lo abrigaba. Salir, abrazándolo, que no fuera a ser que se sintiera extraño – ya era tuyo- ante las inclemencias de la calle.
Manuales de texto, obras completas, diccionarios, novelas, ensayos y poemas que salían de las hojas y saltaban con su rima y ritmo por los huecos de las estanterías. Los demás, allí, a la espera que subieran los apilados del suelo para hacerles un sitio. Otros, en silencio dormían el sueño de los años, arropados con un manto blanco o haciendo guiños a la espera de que llegase un sabio o el docto profesor jubilado.
Ya en la casa, desenvolverlo con sumo cuidado y forrarlo para que nos se sintiese extraño, acariciándolo con las manos. Abrirlo, leerlo, mirarlo, olerlo, saborearlo, tocarlo –ya es tuyo- percibir con todos los sentido y recordar el momento de la adquisición, un delicia inenarrable…
Junto al cine viejo de la ciudad, cerca de la taberna de vinos de grifo,en toneles de cosechas añosas, próxima a la tienda de calzados de esparto y a la platería argentina, estuvo, La librería. Marta cuando pasa por allí siempre la recuerda; sus sabores quedaron en la memoria.

domingo, 18 de septiembre de 2011
EN OTRO PLANO
Estuvo muy entretenida deshaciendo la maleta, vaciando bolsas, colocando zapatos, ordenando camisetas, colgando pantalones, guardando vestidos. Acalorada, la piel se resiente por la falta de brisa marina, le duelen los pies de pisar el asfalto. Las aceras desgastadas huelen a humo, hablan otro idioma, pertenecen al atlas de su vida.
Sobre un velador de viejo mármol blanco, están las cuartillas amarillentas llenas de letras incompletas, vacías de frases hechas. Caminos de tinta con palabras escritas en cualquier otro momento. Reconoce lo que lee, moviendo con parsimonia las hojas, pasándoselas de una mano a otra, sus ojos van y vienen como el péndulo de un reloj. Los papeles han inundado toda la superficie de la mesa. En un alarde de decepción, amontona arrugando el papel que cruje con sonido lastimoso. Se levanta hacia una papelera cercana que hace las veces de un paragüero junto a la puerta del local, pero antes de dejar caer los magullados escritos, se abre la puerta y entra Irene, como un niño se lleva las manos detrás. Nervioso, aturdido la saluda. Ella le da un beso. Y a continuación le dice:
-Ramón, aquí te traigo las cartas. Las tuyas, las que un día recibí.
Irene, se había pasado toda la tarde de aquel sábado, organizando y ordenando los múltiples cajones del escritorio. En él encontró la vieja caja de zapatos repleta de cartas manuscritas abiertas, en su tiempo, con voraz gesto. Los sobres todavía guardaban indemnes el matasellos y el sello, como la dirección y el remite.
Ahora vuelve con las manos vacías y el corazón resquebrajado. Los ojos le brillan acuosos sin derramar una lágrima. Ahora su mirada es glacial, sus pasos se abandonan vagando por esas aceras que le parecen enormes, lo único que no ha cambiado es el idioma de los sentimientos.
El mapa es completamente reconocible, no necesita abrir otro plano para saber en qué lugar se encuentra. Durante el trayecto va entrando en la monotonía, igual que va cayendo la tarde, mientras se dirige a su casa.
Al llegar, antes de poner la llave en la cerradura. Respira todo el aire del portal y resopla todo el frio de su mirada. Con un pie dentro y otro fuera, entona las mismas palabras cálidas, las de siempre:
-Cariño, ya es de noche. Ya, estoy aquí.
En la más absoluta atmosfera de oscuridad en un rincón del salón, está Eugenio y junto a él su perro guía.
domingo, 4 de septiembre de 2011
INCONCLUSO
Gertrudis pasó por allí esa tarde. Siempre que lo hace se fija en la cabina. Sola, plantada en aquella acera desgastada por el continuo trasiego; casi abandonada, sin uso apenas, ahora es tiempo de otras vías de comunicación. Gertrudis tiene pensamientos encontrados cada vez que pasa y la ve. Mirando alrededor le hacen amparo unos castaños de Indias, unas jacarandas, coches aparcados grandes edificios impersonales por su simetría, oficinas llenas de ejecutivos que merodean con su portátil buscando señal. Sola, se halla esperando la caricia de alguna llamada; muy de vez en cuando alguien coge el auricular y marca un número, entonces se siente menos sola, acompañada por la conversación. Ellas, las cabinas están prácticamente en extinción.La tarde era desapacible, hacía mucho viento las hojas de los castaños se arremolinaban por las esquinas de los edificios cercanos, los parterres verdes habían quedado matizados por el ocre de las hojas secas recién caídas. Gertrudis caminaba al lado de sus pensamientos que la llevaban y traían por otros derroteros a los que no quería hacer demasiado caso. Algo le llamó la atención al pasar junto a la cabina, pero siguió ensimismada en su nube de ideas sin gotas de lluvia. Andados unos pasos retrocede, vuelve y observa la cabina, esta vez no repara en su silueta, lo que le ha hecho volver es, un objeto que hay sobre la repisa. Mira alrededor y no ve a nadie, alguien se ha olvidado una agenda gruesa, vieja y ajada por el uso. Duda qué hacer, si cogerla o dejarla. Se pregunta sin respuesta. Piensa que quien la haya olvidado vendrá a por ella. La curiosidad le insta a mirar, la abre por la primera página y se encuentra con varias hojitas pegadas con mensajes recordatorios de cosas por hacer: comprar detergente lavavajillas, llevar traje a la tintorería, mami te queremos mucho. No te olvides el cuaderno, escrito con letra escolar, firmado por Jorge y Patricia. Le enternece lo que con un repaso ligero ha leído y cierra la tapa con cierta censura personal. Piensa que ha invadido la privacidad de alguien que no conoce. De pronto se da cuenta que en el reverso de la tapa hay otra nota en papel de color verde como las hojas secas, donde se lee: hoy tengo que escribir el segundo capítulo de la novela...
Ahora Gertrudis sigue su paseo, las gotas de lluvia caen sobre sus hombros. Dentro del bolsillo interior de su chubasquero, lleva unos folios escritos con letra de una caligrafía excelente.
domingo, 21 de agosto de 2011
EL REGALO
Todo ocurrió el treinta y uno de diciembre. Esa mañana le entregaron aquella notificación. Volvía de la compra, el paraguas chorreando. Se disponía a sacar las llaves cuando un chico de reparto llamó al 2ºB. Lo miró con cara de interrogación al ver que llamaba a su casa.
-¿Por quién pregunta?
-Por: Doña Ofelia Cáceres Martín.
-Soy yo.
Cogió el sobre que portaba el mensajero. Firmó el recibí y subió. Dejó el paraguas y las bolsas en la cocina. Miró el reloj y vio que eran las diez de la mañana. Observó la dirección del remitente y se dispuso a leer:
La Florecilla. S.L.
Jardinería. Parques y Jardines.
C/ Flor de Lis, S/N
Sra. Cáceres Martín: Se le convoca a una entrevista de trabajo, que tendrá lugar el día 31 del año en curso. Deberá presentarse en la 4ªplanta del domicilio citado a las 12.30 horas. Preguntar por: Srta. Rosa.
Nota: De no asistir a dicha entrevista se entenderá que declina la oferta de empleo. Nos veremos obligados a eliminar sus datos personales y curriculares de nuestra base de datos.
Ofelia se miró el reloj, suspiró profundamente e hizo memoria de cuándo había pedido trabajo en aquella empresa. No tenía ni idea de su existencia. Sin dilación se cambió de ropa, se acicaló un poco y cambió de abrigo, bolso y paraguas. Bajó a la calle y paró un taxi. No estaba lejos. Todavía llovía, y tenía el tiempo muy ajustado.
Una vez ante el edificio que albergaba las oficinas tocó el timbre. Una voz amable le abrió el portón.
Ya en la cuarta planta preguntó por la persona indicada, que le hizo pasar a una salita pequeña, confortable. Ofelia sacó su cuaderno y anotó con fruición: “esperanza”.
Oye de pronto que la llaman:
-Ofelia, pase por favor: la esperan.
En el despacho hay un joven más o menos de su edad. Se levanta; le extiende la mano:
-José Luis Martín. Jefe de Personal. Siéntese por favor.
-Buenos días. Gracias.
Después de las formalidades propias, carpeta en mano, fijó su mirada fija en la entrevistada. No le quita la vista, la sigue en todas sus expresiones y explicaciones con mucha atención. Ella está tranquila, se siente en su salsa, todo transcurre con gran normalidad. Son tantas las entrevistas que lleva en su haber que no le coge nada por sorpresa. Sabe que saldrá de allí, o de cualquier otra planta u otra empresa, y como siempre le dirán: “Nos pondremos en contacto, la llamaremos”. Le son demasiado conocidas las preguntas y las repuestas.
En ese momento el jefe de personal se disculpa y sale del despacho, dejándola sola. Repasa cada uno de los elementos de la mesa: carpetas, dosier, lápices, etc. Ofelia, además de ordenada, es sumamente observadora con los detalles. Repara en un portarretratos que hay en un lugar principal, entre tantos papeles. Se incorpora y lo mira con atención. Tiene el impulso de cogerlo para ver mejor la foto, pero no se atreve; puede entrar y la escena no sería muy adecuada, ni conveniente.
Regresa el Sr. Martín y trae un folio en la mano. Se sienta frente a ella que lo mira, ahora, con mayor atención, fijándose en sus rasgos, algo que antes no había hecho. Su cara le presenta algo cercano, pero que no puede identificar.
-Firme aquí y anote un teléfono para ponernos en contacto…
Ofelia hace lo que le pide y piensa: “Ya estamos como siempre”. Cuando se dispone a levantarse siente el mismo impulso, el que ha sentido al ver la foto; pero no quiere ser indiscreta. No pregunta ni dice nada.
Vuelve andando a su casa. Ya no llueve, ha salido el sol y prefiere pasear. No la espera nadie. Es Noche Vieja y tiene pensado irse a la cama con un buen libro y, de fondo, la compañía de música, la primera que aparezca en el dial.
A media tarde, suena su teléfono móvil. El número no es conocido. Al descolgar reconoce la voz del jefe de personal:
-Ofelia, me gustaría que nos viéramos en unas horas para hablar del trabajo. Hemos decidido dárselo a usted… Reúne el perfil que buscamos. ¿Le viene bien a las 19 horas en una cafetería cerca de su domicilio?
Se queda fría como una losa; muy sorprendida, pero no puede ni debe eludir el encuentro. Está sin trabajo prácticamente todo el año. No se lo piensa y le dice:
-Claro que sí. Muchas gracias por la elección. Cerca a mi domicilio hay un café. Se llama “El regalo”. Está decorado con libros apilados en las paredes, como si fuera la biblioteca de una casa; es tranquilo y se puede hablar.
-De acuerdo. Allí nos vemos.
Da mil vueltas por la casa y millones de ideas le afloran en la cabeza: trabajo, entrevista, cita… y la foto. No se lo puede creer.
A las 19h en punto se encuentra con José Luis Martín en el lugar acordado. Ahora, con menos formalidad, piden un café. El jefe de personal le explica cuándo y a qué hora empieza su nuevo trabajo.
-Ofelia, usted tiene 32 años, una carrera superior adecuada para el puesto que le ofrecemos un contrato por seis meses. Me alegrará mucho que lo acepte.
Sonríe de forma tímida sin dejar expresar la gran alegría que siente. No dice nada, sólo escucha con mucha atención y un tanto escéptica ante la sucesión de los hechos.
-¿Habrá visto sobre mi mesa un marco con una foto?
-Sí contesta, haciéndose la despistada.
-¿No le ha llamado la atención?
-La verdad es que me ha resultado un rostro conocido, familiar.
Entonces el jefe de personal empieza a tutearla y le habla de esta manera:
-Ofelia tengo 34 años. Me prometí un día buscar a mi madre a través de esa foto. Todo lo que he hecho siempre me ha dado un revés en estos términos. Buscar a una mujer guapa, morena de pelo largo, después de tantos años, ha sido una tarea ardua y difícil. Fui adoptado por una familia magnifica que se desvivieron por mí. Estudié una Ingeniería Superior. Cuando murieron los que fueron mis padres monté la empresa, que ya conoces. Hoy, cuando has venido a la entrevista, no he tenido duda. Eras mi madre… Bueno, no…Eras igual a la foto de mi madre. Cuando te has ido he reflexionado sobre tus datos personales. Yo jamás me fui de aquí, hemos vivido en la misma ciudad sin conocernos. Y no me lo podía creer: hoy el azar te ha traído, frente a mí… Perdona, no te asustes, estoy demasiado emocionado.
-Mi madre se llamaba Clara Martín. Murió el año pasado… ¿Entonces, tu apellido?
-Sí, mis padres adoptivos respetaron mi apellido materno. A efectos legales soy José Luis Martín Serrano-Cuenca. Por eso mi prisa por verte hoy mismo. ¿Lo entiendes?
Ofelia se siente un poco aturdida. No puede entender que le estén pasando estas cosas. Su madre jamás le habló de este detalle. Sólo, unos pocos días antes de morir, le había comentado algo: tienes familia que no conoces, muy cercana, algún día os encontraréis. Pero, nunca dio crédito a sus palabras; sufría demencia senil. Ahora, todo coincidía.
Siguieron hablando durante mucho rato. El local cerraba pronto, era Noche Vieja. Al salir se despidieron con un abrazo.
-Nos veremos el día dos en el trabajo.
Cada uno se iba a su casa. Pero antes de dar la vuelta a la calle del café “El Regalo” Ofelia se volvió, lo llamó por su nombre y le dijo:
-Hoy he encontrado trabajo y a un hermano. Éste es el mejor regalo de un año que termina. ¿Dónde pasarás la noche?
-En casa, solo, con una botella de champán. Y tú, ¿tienes familia?
-No. Tengo un acuario lleno de peces de color verde esperanza. Me hacen compañía en silencio.
-Pues… Tomaremos el champán junto a ellos. Seremos: dos y los peces.
jueves, 28 de julio de 2011
SE ENCONTRÓ
Se encontró de pronto como una peonza dando vueltas entre aquellas que se le escapaban por la puerta trasera. Las palabras olvidadas le rondaban sobre las orejas, pero no las podía sujetar con el sentido del oído, mientras los ojos, intentaban retener el significado; otras las más usadas abrieron una puerta que llevaba a otra estancia y esperaron pacientemente su turno.
En el callejón de la esquina había un contenedor de basura que emitía sonidos con silabas susurrantes, que, desesperadas habían ido a parar allí.
No entendía lo que le estaba pasando, jamás se había sentido así. Abrió una ventana de cristales viejos, enormes, sucios, abandonados; asomó la cara para respirar aire fresco y sintió que se las arrebataban de un tirón. Se quedó parada mirando a la calle e intentó tranquilizarse, utilizó aquello que tanto hacía de pequeña cuando paseaba con su padre por la vieja ciudad de su infancia; no era otra cosa que leer, leer, cualquier letrero que encontrara: de un comercio o un anuncio de cualquier festejo. No era su ciudad como las de ahora, donde la información es abundante y compleja llena de estridentes carteles que te hablan de todo.
Una vez serena se sentó en un sillón, abrió su libreta y empezó de nuevo a escribir. Las palabras iban aumentando sobre el cuaderno como gotas de lluvia que arrecia sobre el suelo, así con su cuaderno en la mano, pasaba las hojas llenas de sentido. Todo era apacible, sereno. No levantaba la cabeza de aquel papel de colores unido por una espiral de alambre, una cosa tan sencilla le hacía sentirse bien. No se necesita tanto para ser feliz.
miércoles, 29 de junio de 2011
LA ESTOLA
La señora ha salido del cuadro, con estola sobre los hombros ribeteada de perlas; con ojos azules de mar y unas pupilas que brillan con la mirada; los labios, de rojo bermellón de aquel carmín que compró en la perfumería de la esquina de su casa, en aquel callejón en el que pasea todas las mañanas cuando baja a tomar el sol.
Esta calle angosta en la que vive es, como su vida, estrecha y larga. Los edificios que la rodean tienen su misma edad. Hoy ha salido a la calle con su falda negra larga hasta los tobillos, zapatos de punta y tacón fino, abrigo blanco de lana con ondas sobre las caderas; una pieza de primeros de siglo que siempre ha guardado en el cofre que heredó de su abuela materna.
La estola sobre su espalda; sobre ella su melena de ralo pelo rubio que tira a blanco. Sus rizos se estiran y se encogen con los movimientos del andar pausado y los vaivenes de la piel que reposa sobre sí misma.
Cuando sale de su casa, portal número doce, cierra la puerta de cancela tras ella. Se queda unos segundos antes de abrir la puerta que da a la calle. Se retoca el pelo, arregla la ropa y con un giro airoso recoloca guantes y bolso. Mirándose en uno de los cristalitos de la puerta sale a pasear. En la otra esquina de la calle está su amiga Nieves esperándola.
Su compañera de paseo tiene la tez blanca, haciendo juego con su nombre. Es una mujer triste que escucha y mira a su amiga con cierto aire de admiración. Se sentarán como todos los días a tomar el aperitivo en la terraza del bar de la otra esquina. Allí termina el paseo diario tan breve como sus pisadas lentas y cortas; no así, como sus vidas. Después volverán a la monotonía de las cuatro paredes, solas, como ellas. Sólo los cuadros del recuerdo son la compañía.
Los cuadros de señoras con estola ya no se llevan, ni las estolas de fino armiño sobre los hombros. Las terrazas de los bares están llenas de cuadros como éstos. Ayer una de las dos faltó a su cita. El callejón quedó más gris aún en su estrechez. Un sol tibio apenas si asomaba por un resquicio.
Hoy, el sacerdote que oficia las pompas fúnebres por Nieves. Lleva una estola de color morado, la que toca según la liturgia. Su amiga, en la esquina de su casa, antes de salir se coloca la suya.
sábado, 25 de junio de 2011
BOULEVARD
En una mesa al resguardo de los grandes árboles de la alameda están sentados. Son una pareja de edad madura, toman un refresco mientras ven a la gente pasar.
-Mira, esos dos son maestros jubilados. Dice él, seguro de conocerlos.
Ella se toma su tiempo y espera, a la vez que otea quién se aproxima por su lado.
-Ves aquellas tres que hablan paradas junto al semáforo, la más alta, le acaban de diagnosticar un cáncer de páncreas. Observa su cara, ¿Quién lo diría, no? Rebosaba salud hasta hace unos días. La otra la más bajita y rechoncha, se casó de mayor, ahora está sola. La que jalea con las manos y habla sin tregua es la más joven. Se conocen desde hace mucho tiempo. Ahora se han encontrado después de mucho más. Se están contando sus cosas, todas ellas relativas a la salud.
Se quedan en silencio unos minutos. Dan un trago se miran y vuelven a no perder de vista a los que transitan el paseo. La tarde es apacible.
Cuando se levantan de la terraza del bar retoman el paseo que les llevará a su casa.
-Hola, le dice una señora al pasar. Saluda cortésmente y le comenta a su marido:
-No la conozco de nada, se habrá equivocado de persona. No sé qué le pasa a la gente. No ven o son muy despistados.
Pronto se encuentran cerca del portal número trece –el de ellos- a unos vecinos. Se paran y comentan sobre cosas banales, cotidianas. Cuando se despiden, el marido le dice:
-Son unos pesados, te has fijado, sólo han hablado de enfermedades y de política. ¡Anda que no son carcas!
Al intentar abrir la puerta de la casa, la llave se resiste. La mujer saca unas gafas del bolso se las pone y mira el llavero. Se había equivocado.
Antes de abrir pasa de nuevo la señora que le había saludado en el boulevard. Se vuelve y con gesto cariñoso le dice:
-Hasta mañana Flora, nos vemos en la tienda.
Era la carnicera, antes no la había reconocido. Una vez en el ascensor suspira hondo y le dice a su marido:
Querido, mañana mismo voy al oculista. La que no reconoce a la gente soy yo. Necesito unas lentes. Me compraré mañana mismo unas gafas para ver bien, la cerradura, los números del ascensor, a los que me saludan porque llevo una semana subiendo al piso 10º en vez de pulsar el 1º que es donde vivimos.
jueves, 19 de mayo de 2011
LA CARICIA
En el cuaderno de la memoria lo lleva todo escrito. Ahora no se acuerda: ¿Qué es lo qué anotó? Sólo sabe que antes de salir a la calle alguien le ha acariciado en la mejilla diciéndole: “Marta, qué guapa estás”
domingo, 8 de mayo de 2011
LA CERRADURA
Por la noche salieron a cenar por el casco antiguo. Ahora, Mario vive en el extranjero, Cruz, en el norte y María, la pequeña se ha independizado. Querían charlar y pasear por la ciudad de su infancia. Habían dejado a mamá en casa, una vivienda de techos altos y puertas antiguas de preciada madera de Canadá, haciendo un repaso telefónico a las amigas, a modo de recordatorio del evento venidero.
Al volver, con la emoción de la jornada, no se percataron de algo que siempre habían tenido en cuenta. Olvidaron por completo que la puerta principal, seguía teniendo el mismo problema desde que eran pequeños. Nunca ésta puerta debería ser cerrada con llave, pero ellos y sus respectivas parejas venían muy contentos por el reencuentro y charlaban animada y alegremente. El último en entrar fue el inglés, en la casa y en la familia. Así que al cruzar el umbral, no dudó en cerrar con llave. Era ya bastante tarde y todos se fueron a dormir.
A la mañana siguiente, un grito de Elena los hizo salir de entre las sábanas, con mucha precipitación y bastante desasosiego. No sabían que pasaba, no entendían nada; al llegar al salón y ver el llanto de desesperación de la madre que gemía sin cesar y se lamentaba de lo ocurrido. No podrían ir a la celebración de iglesia en recuerdo de su marido, faltaba menos de una hora y nadie les podría rescatar de allí, a no ser que avisaran a los bomberos. La vieja puerta se había quedado cerrada con doble vuelta la noche anterior. Esto era algo que siempre había pasado, pero en otro tiempo; siempre con la llave maestra de papá se abría.
El extinto, jamás quiso arreglarla aduciendo de la nobleza de la madera, y aún permanecía de este modo; era como un legado, una herencia, a la que la madre no estaba dispuesta a renunciar.
Mientras la viuda se lamentaba por el qué dirán, de amigos y vecinos, los hijos reían y lloraban a la vez ante la grotesca situación creada por un despiste; imaginando la iglesia llena de gente y la familia directa del difunto encerrada en su propia casa.
No asistieron al acto, los bomberos abrieron la puerta con una tarjeta de crédito al cabo de una hora. Estuvieron charlando y evocando al padre, contando anécdotas y ocurrencias, todas muy particulares y características de aquel cariñoso cascarrabias que llevaba sus especiales manías a extremos insospechados. Afortunadamente, todas las que padecía y ellos sufrían eran de aplicación casera y familiar y no afectaban a nada físico. Todos recordaron al tío Hilario –su hermano- que era tuerto de un ojo y cuando tuvo el primer hijo, éste tuvo la mala suerte de torcer la mirada. El padre se puso tan contento de que su niño tuviera la misma bizquera y jamás le trataron el estrabismo. Quedaría para siempre bizco como marca familiar. Rieron por éstas y otras manías de la rama familiar paterna, alegrándose en parte de haberse quedado encerrados por unas horas.
Se dirigieron a la iglesia, pero ya no quedaba rastro de los amigos y familiares. Estaba cerrada a cal y canto. Sólo se encontraron con el hijo del tío Hilario que al verlo se les escapó una sonora carcajada; dejando al primo boquiabierto y perplejo. Le contaron lo sucedido y todos y el pariente rieron satisfechos
Después en su recuerdo fueron a tomar el aperitivo al bar de costumbre, (donde iba el padre) el que está en una esquina de la Plaza Mayor. La frase que más se repitió a lo largo del día, fue la que de vez en cuando todos coreaban: “mamá arregla la cerradura.” Y la madre recuperó la sonrisa.




