No existen más que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo. Oscar Wilde

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lunes, 23 de noviembre de 2020

MALA TINTA (Reposición)

El barbero se llamaba Pedro, la barbería, la de “Perico el sordo”. Así era conocida en el pueblo. Pedro tenía perdido este sentido, algo que no le impedía gozar del buen sentido del humor y mucha ternura. Así como el saber escuchar lo que quería. Siendo sordo hacía de su carencia buen papel cuando no le interesaban los chismes. Y, hacía gala de su buen hacer como cortador de pelo, arreglos de barbas y bigotes, además de afeitar como nadie en el lugar. En la peluquería se compraba, “El Vertical” a diario, como a diario venía su sobrina Adela a leerlo. Así se inició esta adolescente en las palabras escritas llevándoselas pegadas en los dedos por la mala tinta de la impresión de aquellos años de linotipia y rotativa. Luego en la calle, jugaba con los niños a rayuelas y escondites y les contaba lo que había leído. Boquiabiertos, la oían con mucha atención. Los mayores del vecindario le preguntaban quién se había muerto; otros las recomendaciones de la cartelera y su calificación moral. Había días que Adela tenía que salir corriendo de la barbería porque su madre daba el grito en la puerta: “¡es la hora de comer, Adela!” De aquellos tiempos de lectura del diario local, le quedan a la periodista que es hoy, los recuerdos del tío Perico y su sordera. Muchas veces cuando escribe un artículo en la página web del moderno periódico digital que dirige, se acuerda y añora la mala tinta impresa. 

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Mi relato: "Mala tinta" fue traducido al francés en noviembre de 2013. Por "Lectures D'Ailleurs. Gracias a Justine Ladaique/ Caroline Lepage: L'Ecre de mauvaise qualíté o Mala tinta, lo ilustré con "La Barbería de Edward Hopper.

A veces la memoria te reconforta con cosas cómo estas. Hoy 23 de noviembre de 2020. Recuerdos

lunes, 19 de octubre de 2020

COSER SIN CANTAR (Reposición)

   RELATOS QUE ME GUSTARON XXXII Miguelángel Flores https://www.facebook.com/miguelangel.flores.5454 ha publicado este relato, después de bucear por mi blog. COSER SIN CANTAR data del 6 de agosto de 2014. Es de aquella época en la que los blogs tenían una vida muy activa. Gracias amigo escritor.


Fotografía cedida por Marga P. Diaz

 Fue dando grandes puntadas a la soledad descosida por el uso en ese mantel diario. Sobre la mesa fue dejando las palabras entretejidas con percal, aquel que guardó su madre en el cofre de la abuela, el de  su ajuar.

          Por más que se empeña en coser y coser, las palabras se le amontonan como  puntos gruesos de estambre fino. Del costurero de gran fondo saca los retales del ánimo hilvanándolos con sedas de colores vivos.

        En el acerico clavará los alfileres hasta el fondo para que no atraviesen otras entretelas. Y así, mientras que la música suena desde otras ventanas, ella seguirá viendo la vida pasar con las tijeras preparadas.
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Marga P. Díaz es una amiga y muy buena fotógrafa mirad aquí:marga-p-diaz.webnode.es
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viernes, 9 de octubre de 2020

 

ZUMO DE NARANJA 

Silvia todas las noches le habla al oído. Mientras, él duerme plácidamente como un bebé recién bañado. Se acerca entre las sábanas, se pega cuerpo a cuerpo y la tela estampada cambia de color. En esta fotografía nocturna, la Luna se asoma entre los visillos de la ventana, dejando pasar la luz que refulge en la bóveda del mundo. En el interior de la casa las candelas están apagadas hace rato; las palabras se despiertan cercanas y suaves entre las sabanas de colores cálidos, se fusionan en un caleidoscopio muy singular y fácilmente reconocible.
Por la mañana, los rayos de sol iluminan sus facciones en un gozoso despertar. Siente como la cara se le templa. Abre los ojos se da la vuelta, extiende los brazos. Piensa los colores del día. Dando un salto se pone en pie. De fondo suenan las noticias en la cocina, se oyen sonidos conocidos. Camina por el pasillo flotando entre los versos que le rondan desde la madrugada y llega hasta allí, donde el exprimidor gira y suelta el zumo de una naranja fresca que huele a recién cogida. Se acerca por detrás y besa la nuca de quién está preparando el elixir que la despierta cada mañana.



lunes, 13 de marzo de 2017

ZUMO DE NARANJA (Reposición)

Silvia todas las noches le habla al oído. Mientras, él duerme plácidamente como un bebé recién bañado. Se acerca entre las sábanas, se pega cuerpo a cuerpo y la tela estampada cambia de color. En esta fotografía nocturna, la Luna se asoma entre los visillos de la ventana, dejando pasar la luz que refulge en la bóveda del mundo. En el interior de la casa las candelas están apagadas hace rato; las palabras se despiertan cercanas y suaves entre las sabanas de colores cálidos, se fusionan en un caleidoscopio muy singular y fácilmente reconocible.
Por la mañana, los rayos de sol iluminan sus facciones en un gozoso despertar. Siente como la cara se le templa. Abre los ojos se da la vuelta, extiende los brazos. Piensa los colores del día. Dando un salto se pone en pie. De fondo suenan las noticias en la cocina, se oyen sonidos conocidos. Camina por el pasillo flotando entre los versos que le rondan desde la madrugada y llega hasta allí, donde el exprimidor gira y suelta el zumo de una naranja fresca que, huele a recién cogida. Se acerca por detrás y besa la nuca de quién está preparando el elixir que la despierta cada mañana.






miércoles, 6 de agosto de 2014

COSER SIN CANTAR


Foto gentileza de Marga P. Díaz
           Fue dando grandes puntadas a la soledad descosida por el uso en ese mantel diario. Sobre la mesa fue dejando las palabras entretejidas con percal, aquel que guardó su madre en el cofre de la abuela, el de  su ajuar.
          Por más que se empeña en coser y coser, las palabras se le amontonan como  puntos gruesos de estambre fino. Del costurero de gran fondo saca los retales del ánimo hilvanándolos con sedas de colores vivos.

        En el acerico clavará los alfileres hasta el fondo para que no atraviesen otras entretelas. Y así, mientras que la música suena desde otras ventanas, ella seguirá viendo la vida pasar con las tijeras preparadas.
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Marga P. Díaz es una amiga y muy buena fotógrafa mirad aquí:marga-p-diaz.webnode.es
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martes, 22 de julio de 2014

UNA JORNADA DIFERENTE

       Amaneció una mañana radiante. Aquel día se le ocurrió. No se lo pensó demasiado. Caminó hasta la estación de ferrocarril. En el trayecto compró la prensa en el quiosco de los domingos. Al llegar se situó  frente a los luminosos informativos. Pidió un billete hasta una ciudad con mar. Siempre le gustó, cómo en las películas americanas la gente pedía los billetes así. El expendedor no se asombró, no era difícil, donde vive Ignacio son varios los recorridos que llevan hasta el mar.
         No titubeó ni un minuto a la sugerencia del empleado. Salió al andén, el tren  tenía inmediata la salida. Tomó asiento de ventanilla repasando con la mirada los detalles de la estación. Gente que iba y venía, las prisas de los jóvenes, la lentitud del maletero y su portaequipajes o las miradas indiscretas desde las ventanillas de un tren en el otro andén.
      Cuando el tren arrancó la marcha, no apartó la vista de la ventanilla, observando cómo subían y bajaban en las distintas paradas gentes desconocidas de caras tristes con pensamientos escondidos en su mirada o el bullicio de los jóvenes adolescentes   que se trasladaban de un pueblo a otro hacia su centro escolar.  No dejó de mirar el paisaje en ningún momento, como si se lo quisiera aprender y guardar en la memoria. Por fin podía hacer lo que quería, cuándo y cómo él, siempre había soñado.
        Llegó a su destino, se olía a salitre. El sol caldeaba la jornada entre una nubosidad variable que fue disipándose como el humo  de aquellas máquinas de hace unas décadas.
      Anduvo saboreando la brisa marina por el muelle del puerto, paseó entre los pantalanes observando los barcos, percibiendo el ulular de los palos que se mecían al viento suave. Buscó un café con terraza lo más próximo al agua y lo más lejano del ruido de la ciudad. Se sentó al sol de la primavera. Este fue el inicio de una etapa, la primera. En este día, en este momento, él empezaba su otoño personal y no iba a desperdiciar ni un rayo de sol, mientras pudiera.
         Su vida a la sombra se había acabado ayer. Hoy las tareas serían las que acaecieran sin pensárselo mucho: “A estas horas… ¿Qué más da?” –Pensó-
         Pidió un café con leche, tostadas de aceite y tomate. La sal la ponía el día, el sol daba la calidez necesaria y el mar la calma buscada. Leyó el periódico. Ahora sí, tranquila, plácidamente, como un festivo siendo lunes.
         Cuando terminó y sin mirar el reloj volvió paseando hasta la estación. Tomó el primer tren de cercanías. Así transcurrió su nueva jornada, sin prisas. Haciendo algo distinto. Ignacio entro en su otoño particular de esta manera. Un deseo nada difícil de alcanzar. Un viaje corto, leer la prensa como los domingos, sin prisas. Y cerca del mar, mirándolo.

foto gentileza de Nicolás Vaquero Martín

Nicolás Vaquero Martín es un amigo, fotógrafo y poeta: http://palabrasconfoto.blogspot.com.es/

lunes, 31 de marzo de 2014

FEDERICO

        “He aquí el niño. Es pálido, y flaco, lleva una camisa de hilo fina y ajada”. Mirando la foto, recordaron los días, el momento. No recordaban lo que estaba escrito en su reverso. Al volverlo a leer se sintieron huérfanos. La foto, deslucida por los años les traía a la memoria las trincheras absurdas de una contienda cruel. Calixto y Basilio sin hablar sabían muy bien que aquel niño  con el que se refugiaron durante unos días de las malditas bombas, salió indemne como ellos. Lo que no sabían era, qué había sido de él. Han pasado muchos años. Hoy son turistas en esa ciudad centroeuropea a pocas horas en avión. Van y vienen por calles que reconocen. Miran a un lado y a otro. Calixto lleva su cámara y fotografía todo lo que ve. Basilio con un plano que interpreta como si no le hiciera falta.
         Decidieron comer en un pequeño bar de comidas caseras, esas que no habían vuelto a probar desde que eran pequeños. La dueña atendía la barra y las mesas. Ágil, con sonrisa abierta, de vez en cuando llamaba la atención de quien estaba en la cocina con voz enérgica y amable. Y por la ventana de donde salían los olores y aparecían los platos con cierta magia inesperada. Fue al final, cuando el local se quedó casi vacío. Fue entonces cuando apareció quien estaba en la cocina. Basilio y Calixto, se miraron con cierto pasmo, “era él, era Federico”. Se pusieron de pie, se volvieron a sentar. No sabían qué hacer. Sacaron la foto e hicieron toda clase de conjeturas, que si los ojos, que si la forma de la cara. Decididamente era él. Ellos se habían ido, la religión y la guerra los había separado. Los límites de los países son a veces el capricho de los que mal interpretan las diferencias. Ellos eran niños y no entendía de fronteras, sus familias tuvieron que emigrar. Ahora se habían encontrado porque Calixto y Basilio habían puesto todo su empeño. Federico se quedó con su madre y una cojera, herencia de aquella sanguinaria guerra. Celebraron el  encuentro y se contaron muchas cosas.
         Ahora la foto está completa, lo de menos es el tiempo. No podrán jugar su infancia, la que no tuvieron entonces. Sí, se harán una foto, en la que brillen sus miradas.


domingo, 5 de febrero de 2012

EL CLUB DE LOS MARTES y 3

Sigue del viernes 3  feb.

Darío, es un tipo simpático y muy entrometido se sienta en el rincón desde donde observa y habla con una adjetivada pasión. Busca la verdad detrás de las palabras, navegando por folios en blanco que rellena ávidamente desde su naufragio personal. Cuando despliega las velas surca mares profundos de aventuras narradas en papiros amarillos.
La artífice de ésta reunión es Inés, amiga del librero que presta la trastienda. Modera las opiniones, se implica lo necesario y ejecuta la técnica de sobra conocida por ella, como una guillotina de procedencia francesa. Es firme y contundente en la crítica; consiguiendo la disciplina que imparte con afecto en días de vinos y rosas. Conocedora de autores de la geografía literaria cercana ésta mujer que organiza, presenta y coordina, trabaja en los túneles de una mina en una empresa de gran renombre. El mineral que extrae, sólo ella sabe lo que vale.
Martin, el librero de la experiencia. Poeta contemporáneo. Pintor de ciudades amables para sus nietos. De mirada y rostro tranquilo, aparente júbilo en su expresión y de apreciable talante en su actuación.  No se moja la barriga  da consejos sabios sin fatiga. Su pelo blanco y sus ojos claros denotan vivencias atrevidas, que constatan una reposada madurez agradecida. Debe tener su biblioteca ordenada y grandes carpetas de anécdotas, impregnando su paleta de pintor con toda la gama de colores que aplica con mucha distinción.
Ha llegado Consuelo, un poco tarde, se disculpa y después contará  el por qué. Saca su cuaderno de hojas de colores y toma nota de lo que hablan. Atenta escribe y escucha hasta coger el hilo de la conversación. Lleva tantas cosas en la cabeza, que necesita trasladar sus pensamientos a la despensa a reposar por un rato y ubicarse de lleno en la tertulia. Lo consigue mientras se sirve un café; en ese momento y aprovechando un intervalo  en las palabras, suelta de sopetón:
-Amigos estoy muy contenta. Me han  llamado del Premio Láguena… Soy la ganadora del mismo.
Consuelo es una mujer sencilla que animada por sus hijos había presentado su novela a este certamen.
 Esta es, como aquella historia que empezó a escribir hace ahora más de treinta años.

viernes, 3 de febrero de 2012

EL CLUB DE LOS MARTES / 2


sigue del jueves 2 feb.

Elías, el narrador de ensayos profundos teñidos de ironía clásica;  enciende un cigarrillo y observa al equipo a través de esas lentes que acogen a timoratos personajes llenos de sabiduría e impregnados de condicionamientos religiosos que se pasean por ciudades con calles que miran al mar, en una poética de falsa humildad romántica y poco convencional. Sus cuentos son transgresores, quizá como el mismo.
No vive en la misma ciudad a veces no acude a la cita de los martes pero cuando lo hace deja notar su presencia. Se trata de Irene, acaudalada y encantador  señora, la de mayor edad; inmersa en un mundo literario tejido con  esparto y albardín. Valedora de  honores merecidos por los servicios prestados en una sociedad rígida, que no le negó oportunidades. Con gran maestría describe sin pompa en gradiente de misterio. Ahora ya tiene todo el tiempo, los uniformes militares se han quedado en la reserva.
Cuando entra en la trastienda el “príncipe de las mareas”, lo hace de una forma tan prudente  y silenciosa, como si este polifacético personaje del mundo subterráneo tuviera ensayado su comportamiento en ese océano donde nada y practica a diario con los hechos que conoce tan bien. Capta en las sopas de letras el sentido y el contenido de las palabras. Oculta en sus rizados cabellos, Ramón el prodigio de encontrar la calma detrás de grande relatos.
Arturo, el joven de ideas sostenibles defiende con cordura lo que hace dentro del mundo en el que vive. Es el rostro observador de lo cotidiano. Nada le impide vagar en campos desiertos y áridos, por eso mora en la utopía del planeta, que con ansia quiere proteger mediante palabras escritas sobre verdes cuartillas de papel reciclado.
Está Pepa sentada con una gran cuaderno en la mano,  con el lápiz hace dibujos que bosquejan figuras para después describirlas con palabras difíciles de raíces griegas, entre hojas de acanto para que floten en playas mediterráneas. El pincel  y el lápiz de Pepa tienen la dulzura del merengue que hay dentro de un hojaldre a veces, otras, la acidez del limón con el que se aliña el té que  toma a media tarde. Practica la seguridad y defiende con valentía  su paso por la vida. Su huella pende de las paredes que sujetan la librería.
continuará...

jueves, 2 de febrero de 2012

EL CLUB DE LOS MARTES









 Están sentados alrededor de una mesa en la trastienda subterránea de la vieja librería. La imagen recuerda a las antiguas reboticas de otros tiempos entre frascos con olor a éter, donde se reunían  los ilustres de las ciudades parar la conversación y crítica de lo acontecido en el mundo comercial y político de la urbe. De esta manera, pero rodeados de grandes estanterías repletas de libros,  de los más diversos temas, como todos los martes finales de mes un grupo de personas que quizá el azar o quizá la fortuna reúne.Todos tienen en común el gusto por la lectura, les une también el placer de escribir y sobre todo las ganas  de aprender y compartir. Sus aficiones son diversas,  tienen ocupaciones cotidianas, nada extravagantes. Es un grupo muy heterogéneo y poco habitual con los tiempos que corren.
Sobre la camilla de gran diámetro, cubierta por una falda de cretona de grandes flores desgastadas por el uso, hay un tapete de ganchillo de hilo egipcio color beige y sobre él un gran cristal donde reposa una bandeja con tazas para el café  que tomaran con pastas de confitería o con el bizcocho de manzana tan exquisito y meloso que trae Mari Luz cuando se le ocurre. Ésta mujer de cara afable y ojos vivarachos, pergeña historias que escribe y relata con gran imaginación. Las elabora en su pequeña factoría, donde las inventa y desarrolla a la vez que cocina, cose o hace la compra cada día. Ella y sus  relatos son su pequeño gran mundo real.
Fina, la poetisa sin rima, mujer atractiva de éxitos no contados. Siempre llega con sus infusiones de colores aromáticos de variopinta procedencia  buena para el espíritu según las tomes con mayor o menor fe. Se sienta solemne en su silla y lee; como si fuera una rapsoda, reconocida. Y, no cambiará una coma aunque se lo diga su prima, o su mejor amiga.
Ha llegado Pancho, licenciado de la modernidad. Escribe con conocimientos prolijos. De repente tiene un tic, saca un cuaderno y mientras escucha mueve la pluma  sobre la hoja en blanco. Se oculta tras su larga melena mostrando gran sensibilidad que, pesa más que la fuerza de este sansón de la Gramática.
Hace rato que está sentada y en silencio la lectora de alto encanto y mirada atenta, esta mujer embelesa con su voz. Atesora en su castillo poemas de arena que vierte por un tamiz en el balde de la conciencia. Es Paula  la que siempre escucha y también habla. Su continente es ancho y de caminos muy poblados.
continuará...

lunes, 5 de diciembre de 2011

sábado, 26 de noviembre de 2011

LA LIBRERÍA

En el techo había una lámpara de múltiples lágrimas, paredes recubiertas de vetustas estanterías llenas de libros, en el suelo pilas de ejemplares por colocar. Un mostrador de madera flanqueaba el arco que conducía al almacén. Delante de la máquina registradora tan antigua como el local que la albergaba, siempre aquel señor amable que sabía de libros. Sobre un taburete una señora encantadora, adornada por su sonrisa tierna y cara lozana para los años cumplidos.

Entrar, ya era un placer por la estampa que representaba; oler el aroma del papel recién imprimido y encuadernado, impregnaba los sentidos, tocarlos y ojearlos la primera maravilla; sin haber viajado nunca.

Llegar, pedir un título, una cuestión de rápida solución. Al momento, la obra en la mano, envuelta en un papel de seda que lo abrigaba. Salir, abrazándolo, que no fuera a ser que se sintiera extraño – ya era tuyo- ante las inclemencias de la calle.

Manuales de texto, obras completas, diccionarios, novelas, ensayos y poemas que salían de las hojas y saltaban con su rima y ritmo por los huecos de las estanterías. Los demás, allí, a la espera que subieran los apilados del suelo para hacerles un sitio. Otros, en silencio dormían el sueño de los años, arropados con un manto blanco o haciendo guiños a la espera de que llegase un sabio o el docto profesor jubilado.

Ya en la casa, desenvolverlo con sumo cuidado y forrarlo para que nos se sintiese extraño, acariciándolo con las manos. Abrirlo, leerlo, mirarlo, olerlo, saborearlo, tocarlo –ya es tuyo- percibir con todos los sentido y recordar el momento de la adquisición, un delicia inenarrable…

Junto al cine viejo de la ciudad, cerca de la taberna de vinos de grifo,en toneles de cosechas añosas, próxima a la tienda de calzados de esparto y a la platería argentina, estuvo, La librería. Marta cuando pasa por allí siempre la recuerda; sus sabores quedaron en la memoria.

imagen de Internet

domingo, 18 de septiembre de 2011

EN OTRO PLANO

Estuvo muy entretenida deshaciendo la maleta, vaciando bolsas, colocando zapatos, ordenando camisetas, colgando pantalones, guardando vestidos. Acalorada, la piel se resiente por la falta de brisa marina, le duelen los pies de pisar el asfalto. Las aceras desgastadas huelen a humo, hablan otro idioma, pertenecen al atlas de su vida.

Sobre un velador de viejo mármol blanco, están las cuartillas amarillentas llenas de letras incompletas, vacías de frases hechas. Caminos de tinta con palabras escritas en cualquier otro momento. Reconoce lo que lee, moviendo con parsimonia las hojas, pasándoselas de una mano a otra, sus ojos van y vienen como el péndulo de un reloj. Los papeles han inundado toda la superficie de la mesa. En un alarde de decepción, amontona arrugando el papel que cruje con sonido lastimoso. Se levanta hacia una papelera cercana que hace las veces de un paragüero junto a la puerta del local, pero antes de dejar caer los magullados escritos, se abre la puerta y entra Irene, como un niño se lleva las manos detrás. Nervioso, aturdido la saluda. Ella le da un beso. Y a continuación le dice:

-Ramón, aquí te traigo las cartas. Las tuyas, las que un día recibí.

Irene, se había pasado toda la tarde de aquel sábado, organizando y ordenando los múltiples cajones del escritorio. En él encontró la vieja caja de zapatos repleta de cartas manuscritas abiertas, en su tiempo, con voraz gesto. Los sobres todavía guardaban indemnes el matasellos y el sello, como la dirección y el remite.

Ahora vuelve con las manos vacías y el corazón resquebrajado. Los ojos le brillan acuosos sin derramar una lágrima. Ahora su mirada es glacial, sus pasos se abandonan vagando por esas aceras que le parecen enormes, lo único que no ha cambiado es el idioma de los sentimientos.

El mapa es completamente reconocible, no necesita abrir otro plano para saber en qué lugar se encuentra. Durante el trayecto va entrando en la monotonía, igual que va cayendo la tarde, mientras se dirige a su casa.

Al llegar, antes de poner la llave en la cerradura. Respira todo el aire del portal y resopla todo el frio de su mirada. Con un pie dentro y otro fuera, entona las mismas palabras cálidas, las de siempre:

-Cariño, ya es de noche. Ya, estoy aquí.

En la más absoluta atmosfera de oscuridad en un rincón del salón, está Eugenio y junto a él su perro guía.

domingo, 4 de septiembre de 2011

INCONCLUSO

Gertrudis pasó por allí esa tarde. Siempre que lo hace se fija en la cabina. Sola, plantada en aquella acera desgastada por el continuo trasiego; casi abandonada, sin uso apenas, ahora es tiempo de otras vías de comunicación. Gertrudis tiene pensamientos encontrados cada vez que pasa y la ve. Mirando alrededor le hacen amparo unos castaños de Indias, unas jacarandas, coches aparcados grandes edificios impersonales por su simetría, oficinas llenas de ejecutivos que merodean con su portátil buscando señal. Sola, se halla esperando la caricia de alguna llamada; muy de vez en cuando alguien coge el auricular y marca un número, entonces se siente menos sola, acompañada por la conversación. Ellas, las cabinas están prácticamente en extinción.La tarde era desapacible, hacía mucho viento las hojas de los castaños se arremolinaban por las esquinas de los edificios cercanos, los parterres verdes habían quedado matizados por el ocre de las hojas secas recién caídas. Gertrudis caminaba al lado de sus pensamientos que la llevaban y traían por otros derroteros a los que no quería hacer demasiado caso. Algo le llamó la atención al pasar junto a la cabina, pero siguió ensimismada en su nube de ideas sin gotas de lluvia. Andados unos pasos retrocede, vuelve y observa la cabina, esta vez no repara en su silueta, lo que le ha hecho volver es, un objeto que hay sobre la repisa. Mira alrededor y no ve a nadie, alguien se ha olvidado una agenda gruesa, vieja y ajada por el uso. Duda qué hacer, si cogerla o dejarla. Se pregunta sin respuesta. Piensa que quien la haya olvidado vendrá a por ella. La curiosidad le insta a mirar, la abre por la primera página y se encuentra con varias hojitas pegadas con mensajes recordatorios de cosas por hacer: comprar detergente lavavajillas, llevar traje a la tintorería, mami te queremos mucho. No te olvides el cuaderno, escrito con letra escolar, firmado por Jorge y Patricia. Le enternece lo que con un repaso ligero ha leído y cierra la tapa con cierta censura personal. Piensa que ha invadido la privacidad de alguien que no conoce. De pronto se da cuenta que en el reverso de la tapa hay otra nota en papel de color verde como las hojas secas, donde se lee: hoy tengo que escribir el segundo capítulo de la novela...

Ahora Gertrudis sigue su paseo, las gotas de lluvia caen sobre sus hombros. Dentro del bolsillo interior de su chubasquero, lleva unos folios escritos con letra de una caligrafía excelente.

domingo, 21 de agosto de 2011

EL REGALO

Todo ocurrió el treinta y uno de diciembre. Esa mañana le entregaron aquella notificación. Volvía de la compra, el paraguas chorreando. Se disponía a sacar las llaves cuando un chico de reparto llamó al 2ºB. Lo miró con cara de interrogación al ver que llamaba a su casa.

-¿Por quién pregunta?

-Por: Doña Ofelia Cáceres Martín.

-Soy yo.

Cogió el sobre que portaba el mensajero. Firmó el recibí y subió. Dejó el paraguas y las bolsas en la cocina. Miró el reloj y vio que eran las diez de la mañana. Observó la dirección del remitente y se dispuso a leer:

La Florecilla. S.L.

Jardinería. Parques y Jardines.

C/ Flor de Lis, S/N

Sra. Cáceres Martín: Se le convoca a una entrevista de trabajo, que tendrá lugar el día 31 del año en curso. Deberá presentarse en la 4ªplanta del domicilio citado a las 12.30 horas. Preguntar por: Srta. Rosa.

Nota: De no asistir a dicha entrevista se entenderá que declina la oferta de empleo. Nos veremos obligados a eliminar sus datos personales y curriculares de nuestra base de datos.

Ofelia se miró el reloj, suspiró profundamente e hizo memoria de cuándo había pedido trabajo en aquella empresa. No tenía ni idea de su existencia. Sin dilación se cambió de ropa, se acicaló un poco y cambió de abrigo, bolso y paraguas. Bajó a la calle y paró un taxi. No estaba lejos. Todavía llovía, y tenía el tiempo muy ajustado.

Una vez ante el edificio que albergaba las oficinas tocó el timbre. Una voz amable le abrió el portón.

Ya en la cuarta planta preguntó por la persona indicada, que le hizo pasar a una salita pequeña, confortable. Ofelia sacó su cuaderno y anotó con fruición: “esperanza”.

Oye de pronto que la llaman:

-Ofelia, pase por favor: la esperan.

En el despacho hay un joven más o menos de su edad. Se levanta; le extiende la mano:

-José Luis Martín. Jefe de Personal. Siéntese por favor.

-Buenos días. Gracias.

Después de las formalidades propias, carpeta en mano, fijó su mirada fija en la entrevistada. No le quita la vista, la sigue en todas sus expresiones y explicaciones con mucha atención. Ella está tranquila, se siente en su salsa, todo transcurre con gran normalidad. Son tantas las entrevistas que lleva en su haber que no le coge nada por sorpresa. Sabe que saldrá de allí, o de cualquier otra planta u otra empresa, y como siempre le dirán: “Nos pondremos en contacto, la llamaremos”. Le son demasiado conocidas las preguntas y las repuestas.

En ese momento el jefe de personal se disculpa y sale del despacho, dejándola sola. Repasa cada uno de los elementos de la mesa: carpetas, dosier, lápices, etc. Ofelia, además de ordenada, es sumamente observadora con los detalles. Repara en un portarretratos que hay en un lugar principal, entre tantos papeles. Se incorpora y lo mira con atención. Tiene el impulso de cogerlo para ver mejor la foto, pero no se atreve; puede entrar y la escena no sería muy adecuada, ni conveniente.

Regresa el Sr. Martín y trae un folio en la mano. Se sienta frente a ella que lo mira, ahora, con mayor atención, fijándose en sus rasgos, algo que antes no había hecho. Su cara le presenta algo cercano, pero que no puede identificar.

-Firme aquí y anote un teléfono para ponernos en contacto…

Ofelia hace lo que le pide y piensa: “Ya estamos como siempre”. Cuando se dispone a levantarse siente el mismo impulso, el que ha sentido al ver la foto; pero no quiere ser indiscreta. No pregunta ni dice nada.

Vuelve andando a su casa. Ya no llueve, ha salido el sol y prefiere pasear. No la espera nadie. Es Noche Vieja y tiene pensado irse a la cama con un buen libro y, de fondo, la compañía de música, la primera que aparezca en el dial.

A media tarde, suena su teléfono móvil. El número no es conocido. Al descolgar reconoce la voz del jefe de personal:

-Ofelia, me gustaría que nos viéramos en unas horas para hablar del trabajo. Hemos decidido dárselo a usted… Reúne el perfil que buscamos. ¿Le viene bien a las 19 horas en una cafetería cerca de su domicilio?

Se queda fría como una losa; muy sorprendida, pero no puede ni debe eludir el encuentro. Está sin trabajo prácticamente todo el año. No se lo piensa y le dice:

-Claro que sí. Muchas gracias por la elección. Cerca a mi domicilio hay un café. Se llama “El regalo”. Está decorado con libros apilados en las paredes, como si fuera la biblioteca de una casa; es tranquilo y se puede hablar.

-De acuerdo. Allí nos vemos.

Da mil vueltas por la casa y millones de ideas le afloran en la cabeza: trabajo, entrevista, cita… y la foto. No se lo puede creer.

A las 19h en punto se encuentra con José Luis Martín en el lugar acordado. Ahora, con menos formalidad, piden un café. El jefe de personal le explica cuándo y a qué hora empieza su nuevo trabajo.

-Ofelia, usted tiene 32 años, una carrera superior adecuada para el puesto que le ofrecemos un contrato por seis meses. Me alegrará mucho que lo acepte.

Sonríe de forma tímida sin dejar expresar la gran alegría que siente. No dice nada, sólo escucha con mucha atención y un tanto escéptica ante la sucesión de los hechos.

-¿Habrá visto sobre mi mesa un marco con una foto?

-Sí contesta, haciéndose la despistada.

-¿No le ha llamado la atención?

-La verdad es que me ha resultado un rostro conocido, familiar.

Entonces el jefe de personal empieza a tutearla y le habla de esta manera:

-Ofelia tengo 34 años. Me prometí un día buscar a mi madre a través de esa foto. Todo lo que he hecho siempre me ha dado un revés en estos términos. Buscar a una mujer guapa, morena de pelo largo, después de tantos años, ha sido una tarea ardua y difícil. Fui adoptado por una familia magnifica que se desvivieron por mí. Estudié una Ingeniería Superior. Cuando murieron los que fueron mis padres monté la empresa, que ya conoces. Hoy, cuando has venido a la entrevista, no he tenido duda. Eras mi madre… Bueno, no…Eras igual a la foto de mi madre. Cuando te has ido he reflexionado sobre tus datos personales. Yo jamás me fui de aquí, hemos vivido en la misma ciudad sin conocernos. Y no me lo podía creer: hoy el azar te ha traído, frente a mí… Perdona, no te asustes, estoy demasiado emocionado.

-Mi madre se llamaba Clara Martín. Murió el año pasado… ¿Entonces, tu apellido?

-Sí, mis padres adoptivos respetaron mi apellido materno. A efectos legales soy José Luis Martín Serrano-Cuenca. Por eso mi prisa por verte hoy mismo. ¿Lo entiendes?

Ofelia se siente un poco aturdida. No puede entender que le estén pasando estas cosas. Su madre jamás le habló de este detalle. Sólo, unos pocos días antes de morir, le había comentado algo: tienes familia que no conoces, muy cercana, algún día os encontraréis. Pero, nunca dio crédito a sus palabras; sufría demencia senil. Ahora, todo coincidía.

Siguieron hablando durante mucho rato. El local cerraba pronto, era Noche Vieja. Al salir se despidieron con un abrazo.

-Nos veremos el día dos en el trabajo.

Cada uno se iba a su casa. Pero antes de dar la vuelta a la calle del café “El Regalo” Ofelia se volvió, lo llamó por su nombre y le dijo:

-Hoy he encontrado trabajo y a un hermano. Éste es el mejor regalo de un año que termina. ¿Dónde pasarás la noche?

-En casa, solo, con una botella de champán. Y tú, ¿tienes familia?

-No. Tengo un acuario lleno de peces de color verde esperanza. Me hacen compañía en silencio.

-Pues… Tomaremos el champán junto a ellos. Seremos: dos y los peces.

jueves, 28 de julio de 2011

SE ENCONTRÓ

Y de repente empezó a escribir y no podía parar; las palabras se le agolpaban en el ático de los pensamientos, fluían como un baile de letras en un salón donde aparecían las más cotidianas, ella sólo podía con las últimas que danzaban a su alrededor. Chocaban con las cristaleras de las ventanas, querían salir de aquel edificio pero no podían, daban vueltas y vueltas sobre la cabeza, los hombros los brazos y al llegar a las manos se posaban como una paloma a la que se le está echando de comer y acude al olor del maíz.

Se encontró de pronto como una peonza dando vueltas entre aquellas que se le escapaban por la puerta trasera. Las palabras olvidadas le rondaban sobre las orejas, pero no las podía sujetar con el sentido del oído, mientras los ojos, intentaban retener el significado; otras las más usadas abrieron una puerta que llevaba a otra estancia y esperaron pacientemente su turno.

En el callejón de la esquina había un contenedor de basura que emitía sonidos con silabas susurrantes, que, desesperadas habían ido a parar allí.

No entendía lo que le estaba pasando, jamás se había sentido así. Abrió una ventana de cristales viejos, enormes, sucios, abandonados; asomó la cara para respirar aire fresco y sintió que se las arrebataban de un tirón. Se quedó parada mirando a la calle e intentó tranquilizarse, utilizó aquello que tanto hacía de pequeña cuando paseaba con su padre por la vieja ciudad de su infancia; no era otra cosa que leer, leer, cualquier letrero que encontrara: de un comercio o un anuncio de cualquier festejo. No era su ciudad como las de ahora, donde la información es abundante y compleja llena de estridentes carteles que te hablan de todo.

Una vez serena se sentó en un sillón, abrió su libreta y empezó de nuevo a escribir. Las palabras iban aumentando sobre el cuaderno como gotas de lluvia que arrecia sobre el suelo, así con su cuaderno en la mano, pasaba las hojas llenas de sentido. Todo era apacible, sereno. No levantaba la cabeza de aquel papel de colores unido por una espiral de alambre, una cosa tan sencilla le hacía sentirse bien. No se necesita tanto para ser feliz.

miércoles, 29 de junio de 2011

LA ESTOLA


La señora ha salido del cuadro, con estola sobre los hombros ribeteada de perlas; con ojos azules de mar y unas pupilas que brillan con la mirada; los labios, de rojo bermellón de aquel carmín que compró en la perfumería de la esquina de su casa, en aquel callejón en el que pasea todas las mañanas cuando baja a tomar el sol.

Esta calle angosta en la que vive es, como su vida, estrecha y larga. Los edificios que la rodean tienen su misma edad. Hoy ha salido a la calle con su falda negra larga hasta los tobillos, zapatos de punta y tacón fino, abrigo blanco de lana con ondas sobre las caderas; una pieza de primeros de siglo que siempre ha guardado en el cofre que heredó de su abuela materna.

La estola sobre su espalda; sobre ella su melena de ralo pelo rubio que tira a blanco. Sus rizos se estiran y se encogen con los movimientos del andar pausado y los vaivenes de la piel que reposa sobre sí misma.

Cuando sale de su casa, portal número doce, cierra la puerta de cancela tras ella. Se queda unos segundos antes de abrir la puerta que da a la calle. Se retoca el pelo, arregla la ropa y con un giro airoso recoloca guantes y bolso. Mirándose en uno de los cristalitos de la puerta sale a pasear. En la otra esquina de la calle está su amiga Nieves esperándola.

Su compañera de paseo tiene la tez blanca, haciendo juego con su nombre. Es una mujer triste que escucha y mira a su amiga con cierto aire de admiración. Se sentarán como todos los días a tomar el aperitivo en la terraza del bar de la otra esquina. Allí termina el paseo diario tan breve como sus pisadas lentas y cortas; no así, como sus vidas. Después volverán a la monotonía de las cuatro paredes, solas, como ellas. Sólo los cuadros del recuerdo son la compañía.

Los cuadros de señoras con estola ya no se llevan, ni las estolas de fino armiño sobre los hombros. Las terrazas de los bares están llenas de cuadros como éstos. Ayer una de las dos faltó a su cita. El callejón quedó más gris aún en su estrechez. Un sol tibio apenas si asomaba por un resquicio.

Hoy, el sacerdote que oficia las pompas fúnebres por Nieves. Lleva una estola de color morado, la que toca según la liturgia. Su amiga, en la esquina de su casa, antes de salir se coloca la suya.

sábado, 25 de junio de 2011

BOULEVARD

En una mesa al resguardo de los grandes árboles de la alameda están sentados. Son una pareja de edad madura, toman un refresco mientras ven a la gente pasar.

-Mira, esos dos son maestros jubilados. Dice él, seguro de conocerlos.

Ella se toma su tiempo y espera, a la vez que otea quién se aproxima por su lado.

-Ves aquellas tres que hablan paradas junto al semáforo, la más alta, le acaban de diagnosticar un cáncer de páncreas. Observa su cara, ¿Quién lo diría, no? Rebosaba salud hasta hace unos días. La otra la más bajita y rechoncha, se casó de mayor, ahora está sola. La que jalea con las manos y habla sin tregua es la más joven. Se conocen desde hace mucho tiempo. Ahora se han encontrado después de mucho más. Se están contando sus cosas, todas ellas relativas a la salud.

Se quedan en silencio unos minutos. Dan un trago se miran y vuelven a no perder de vista a los que transitan el paseo. La tarde es apacible.

Cuando se levantan de la terraza del bar retoman el paseo que les llevará a su casa.

-Hola, le dice una señora al pasar. Saluda cortésmente y le comenta a su marido:

-No la conozco de nada, se habrá equivocado de persona. No sé qué le pasa a la gente. No ven o son muy despistados.

Pronto se encuentran cerca del portal número trece –el de ellos- a unos vecinos. Se paran y comentan sobre cosas banales, cotidianas. Cuando se despiden, el marido le dice:

-Son unos pesados, te has fijado, sólo han hablado de enfermedades y de política. ¡Anda que no son carcas!

Al intentar abrir la puerta de la casa, la llave se resiste. La mujer saca unas gafas del bolso se las pone y mira el llavero. Se había equivocado.

Antes de abrir pasa de nuevo la señora que le había saludado en el boulevard. Se vuelve y con gesto cariñoso le dice:

-Hasta mañana Flora, nos vemos en la tienda.

Era la carnicera, antes no la había reconocido. Una vez en el ascensor suspira hondo y le dice a su marido:

Querido, mañana mismo voy al oculista. La que no reconoce a la gente soy yo. Necesito unas lentes. Me compraré mañana mismo unas gafas para ver bien, la cerradura, los números del ascensor, a los que me saludan porque llevo una semana subiendo al piso 10º en vez de pulsar el 1º que es donde vivimos.

jueves, 19 de mayo de 2011

LA CARICIA

Por el Paseo de los Álamos siguen andando con el rumbo acostumbrado. De vez en cuando se cogen de la mano. Se paran y miran escaparates. Él le habla, ella lo mira atenta, cálida. Los álamos viejos recogen sus miradas, saludando desde los recuerdos olvidados, perdidos en los días de sus ramas. Allí quedaron los vocablos. Las palabras, quedas, en lo alto. Ella recogía hojas en primavera. Ahora las hojas están secas, han perdido el brillo, como su mirada. Ya no son los días irisados por las palabras dichas. Han quedado abandonadas en los cuadernos escritos. Él le cuenta, como un buen narrador de cuentos, todo lo que acontece alrededor de la vida, con afecto y comprensión. Nada, nunca, hizo prever que Juan se convertiría en el acompañante fiel. Siempre había sido Marta la que escribía los relatos más líricos en el paseo. Hoy, sin memoria y con los recuerdos olvidados, a su lado, camina como testigo.
En el cuaderno de la memoria lo lleva todo escrito. Ahora no se acuerda: ¿Qué es lo qué anotó? Sólo sabe que antes de salir a la calle alguien le ha acariciado en la mejilla diciéndole: “Marta, qué guapa estás”

domingo, 8 de mayo de 2011

LA CERRADURA

Empezaron a llegar a la casa familiar el día antes de la fecha señalada, todos querían acompañar a la madre en el primer aniversario. Aquella ciudad, pequeña y conservadora donde habían nacido, mantenía la rancia costumbre de celebrar al cabo de un año, ceremonia religiosa en memoria del finado.
Por la noche salieron a cenar por el casco antiguo. Ahora, Mario vive en el extranjero, Cruz, en el norte y María, la pequeña se ha independizado. Querían charlar y pasear por la ciudad de su infancia. Habían dejado a mamá en casa, una vivienda de techos altos y puertas antiguas de preciada madera de Canadá, haciendo un repaso telefónico a las amigas, a modo de recordatorio del evento venidero.
Al volver, con la emoción de la jornada, no se percataron de algo que siempre habían tenido en cuenta. Olvidaron por completo que la puerta principal, seguía teniendo el mismo problema desde que eran pequeños. Nunca ésta puerta debería ser cerrada con llave, pero ellos y sus respectivas parejas venían muy contentos por el reencuentro y charlaban animada y alegremente. El último en entrar fue el inglés, en la casa y en la familia. Así que al cruzar el umbral, no dudó en cerrar con llave. Era ya bastante tarde y todos se fueron a dormir.
A la mañana siguiente, un grito de Elena los hizo salir de entre las sábanas, con mucha precipitación y bastante desasosiego. No sabían que pasaba, no entendían nada; al llegar al salón y ver el llanto de desesperación de la madre que gemía sin cesar y se lamentaba de lo ocurrido. No podrían ir a la celebración de iglesia en recuerdo de su marido, faltaba menos de una hora y nadie les podría rescatar de allí, a no ser que avisaran a los bomberos. La vieja puerta se había quedado cerrada con doble vuelta la noche anterior. Esto era algo que siempre había pasado, pero en otro tiempo; siempre con la llave maestra de papá se abría.
El extinto, jamás quiso arreglarla aduciendo de la nobleza de la madera, y aún permanecía de este modo; era como un legado, una herencia, a la que la madre no estaba dispuesta a renunciar.
Mientras la viuda se lamentaba por el qué dirán, de amigos y vecinos, los hijos reían y lloraban a la vez ante la grotesca situación creada por un despiste; imaginando la iglesia llena de gente y la familia directa del difunto encerrada en su propia casa.
No asistieron al acto, los bomberos abrieron la puerta con una tarjeta de crédito al cabo de una hora. Estuvieron charlando y evocando al padre, contando anécdotas y ocurrencias, todas muy particulares y características de aquel cariñoso cascarrabias que llevaba sus especiales manías a extremos insospechados. Afortunadamente, todas las que padecía y ellos sufrían eran de aplicación casera y familiar y no afectaban a nada físico. Todos recordaron al tío Hilario –su hermano- que era tuerto de un ojo y cuando tuvo el primer hijo, éste tuvo la mala suerte de torcer la mirada. El padre se puso tan contento de que su niño tuviera la misma bizquera y jamás le trataron el estrabismo. Quedaría para siempre bizco como marca familiar. Rieron por éstas y otras manías de la rama familiar paterna, alegrándose en parte de haberse quedado encerrados por unas horas.
Se dirigieron a la iglesia, pero ya no quedaba rastro de los amigos y familiares. Estaba cerrada a cal y canto. Sólo se encontraron con el hijo del tío Hilario que al verlo se les escapó una sonora carcajada; dejando al primo boquiabierto y perplejo. Le contaron lo sucedido y todos y el pariente rieron satisfechos
Después en su recuerdo fueron a tomar el aperitivo al bar de costumbre, (donde iba el padre) el que está en una esquina de la Plaza Mayor. La frase que más se repitió a lo largo del día, fue la que de vez en cuando todos coreaban: “mamá arregla la cerradura.” Y la madre recuperó la sonrisa.

Para ti, Amparo