No existen más que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo. Oscar Wilde

domingo, 5 de julio de 2009

EN UN CLICK: Sixto y Santa


Esta es una historia sencilla, cercana y escrita con mucho corazón, probablemente muy conocida por la autora. Ella la muestra como la más autobiográfica de las novelas que ha escrito. Utiliza las palabras con verdadera precisión; está llena de descripciones del lugar donde acontecen los hechos, demostrando el profundo conocimiento del pueblo, el mar, las gentes. Lo demuestra en el uso de palabras del mundo del pescador, de la pesca y de los barcos. Posee un rico vocabulario en términos marinos o quizá debería decir marineros. Hay palabras propias de la zona en cuanto a la denominación de elementos de uso cotidiano y de costumbres muy arraigadas en el litoral murciano: palangre,curricán, marrajo; otras como pozal, ratico, cascaruja, etc. Es una historia narrada de una forma muy sensible donde abundan las expresiones que te hacen pensar en el sentimiento de la vida de aquellas persona ajenas que viven y trabajan para ser felices. “Los años volaban como aves marinas de inestable nido. Sixto y Santa eran arrastrados por el río del existir, como todos los humanos…, en el embarcadero de la vida esperando su barco…”
Los términos marineros, el conocimiento de la costa, la vegetación, las costumbres del pueblo, de los pescadores, de los veraneantes. Es una novela con un sinfín de colores y formas que te llevan al lugar donde se desarrolla; es tan sencilla la historia, tanto, que hace grata su lectura y no quieres que se acabe porque algún tinte de ingratitud y desesperanza se avizora en el horizonte y no del mar precisamente. Es una historia del pueblo que casi se convierte en pocos años en ciudad…”El caso es que los días se deslizaban sin ruido”…,
No soy dada a escribir sobre lo que leo, me gusta más hablar, pero lo debía porque la autora, la tengo como amiga…Y he de decir que, no pretendo hacer crítica literaria, sólo dar una visión somera de como lo he visto yo. También diré que he conocido a través de la lectura de “Sixto con rumor de olas rompientes” un poco más las playas de Mazarrón.
“El apelativo de “rojica” se le suele dar a la hija menor de una familia, en alusión al farolillo rojo que llevan los trenes en su último vagón. Así, al ser la más pequeña, Isa era la “Roja” o “Rojica” para su madre y para su tata, que era su segunda madre porque la había visto nacer”. Reconozco mi desconocimiento en éste tema y en su costumbre o tradición, por eso lo hago constar. Por otra parte, ha sido una de las anécdotas que más me ha llegado. Gracias, Rosa Cáceres por escribir con tanto equilibrio y sensibilidad. Me he atrevido ha utilizar tu dibujo y tu firma. Perdón pon el atrevimiento.

miércoles, 1 de julio de 2009

AZUL RELAJANTE

En el muro de la bocana del puerto en Cabo Palos es frecuente ver estas escenas.
Ellos atentos a la caña y el anzuelo mientras el mar calmo les refresca, saluda y les proporciona el disfrute del arte de pescar.

Se pasan las horas y siguen allí; es una tarde preciosa de junio, no tienen prisas disfrutan del júbilo.

martes, 30 de junio de 2009

¡ QUIÉN SE LO IBA A DECIR !

Arroba es el símbolo que se utilizaba para representar la unidad de masa llamada: arroba@ (plural @@). Una arroba equivale a la cuarta parte de un quintal y procede del árabe الربع (ar-rubʿ, cuarta parte, un cuarto de quintal, es decir 25 libras, peso equivalente a 11,502 kg – 12,5 kg en Aragón)
En la actualidad es muy conocido por los usuarios de informatica pues se utiliza para indicar «en» (at en inglés) en las direcciones de correo electrónico y otros servicios en línea que utilizan el formato usuario@servidor.
Dado el nombre original en árabe, el símbolo @ (de la arroba) se formó mediante una reunión de las letras griegas α (alfa) y ρ (rho)

lunes, 29 de junio de 2009

MICRO /JUNIO

EL JUBILADO
No había viajado mucho; sí acaso se ha enamorado alguna vez, no fue la mujer de su vida; tiene un trabajo cómodo: empleado de una CIA de Seguros. Reside en una ciudad del sur dónde se trabaja, se pasea o se toma el vermú sólo a la hora de dormir o cuando llueve la gente está en casa.
Domingo tiene trabajo y salud, un nombre festivo, al que no hace mucha gala, es más bien pesimista un tanto taciturno, no menos maniático y rigurosamente ordenado.
Trabajó hasta que cumplió los 65 años, encargó en el bar de la esquina un suculento aperitivo y se despidió de sus compañeros de aquella manera tan particular a la que los tenía acostumbrados: " Adiós, ahora me toca morirme". Nadie dio importancia a sus palabras dándole palmaditas en la espalda, algún abrazo; le alentaban a vivir muchos años, celebrando su buena salud.
En los primeros años de retiro iba de vez en cuando a tomar un vino con la gente de la oficina. Luego dejó de ir tampoco se le veía mucho por la ciudad, hasta que un día se encontró con un compañero que se interesó por su salud; en una ocasión aquel otro que emocionado al verlo le decía con mucha vehemencia no sabes cómo me alegro de verte. Me alegro, me alegro; de pronto y en un alarde de sinceridad le dijo: “se ha comentado que habías muerto… Así que hace un mes, ofrecimos una misa por tu descanso eterno”
Dándole las gracias, se fue pensando:" ahora me toca morirme"

domingo, 28 de junio de 2009

DE NOCHE

Respirar los olores del poso de la casa,
y mirar los cuadros que trepan por las paredes.
Amar los libros que ocupan los muebles,
abrir y cerrar los claroscuros del dormitorio.
Soltar la música por las ventanas mudas,
cuando tristezas y alegrías acompañan a las sillas.

Aquellas sombras y desvelos sobre el escritorio,
adornan flores de acanto, la cristalería en contraste,
con el azul porcelana china de la vajilla.
Y me habla despacio.

Y me abriga, y me recoge en su regazo.
En la soledad del sillón me siento,
bajo la luz blanquecina del farol.
Y no me duermo.

viernes, 26 de junio de 2009

POSTALES / 3

Este horizonte es un horizonte fijo. Es un mar abierto en tranquilas aguas, viene sereno a la orilla, encontrándose con una arena de letras, en las que cada grano se convierte en una pétrea palabra que quedará para siempre en el recuerdo; en el recuerdo, de aquellos que lleguen un día hasta aquí y las puedan hacer suyas. No hay por tanto olores que lo definan, sí muchos sabores y colores en los que se ponen tantas ilusiones, tantas ganas, como ideas guarda la memoria y que cualquier día y a cualquier hora se harán realidad. Recuerdos

jueves, 25 de junio de 2009

COLOR DE INVIERNO





Estas foticos la disparé a través de la alambrada del camino de Las Triolas. Fue una tarde de enero de 2007. Cuando el Mar Menor recibe tranquilo los últimos rayos de sol; las islas se tornan en colores grises, el cielo se rasga entre los tonos del ocaso y la tierra refulge en verde y marrón.
"Cambio de color" en la naturaleza, mi cámara y mi ojo así lo vieron.

martes, 23 de junio de 2009

ENSOÑACIÓN

En la casa de José suena el despertador de metal gris blanquecino y gruesa panza, lleno de largas horas, de inquietos minutos y cortos segundos. Ya están las agujas unidas y pegadas en las cinco en punto de la mañana. Cerca otros vecinos se ponen en marcha; todos caminan el día en este lugar y a la misma hora. Van platicando en la madrugada; se les oye por la ventana de esas casas bajas agrupadas en hileras, dentro familias varias, unas por parentesco, otras por oficio. Se desperezan entre las gruesas sábanas blancas. En zapatillas empiezan a llegar a la cocina tras el humeante aroma de la achicoria de café y la leche caliente de vaca.
Desde el patio se oye cómo canta el gallo levantando a las gallinas que perezosas de despluman con serias dudas de echar al vuelo o quedar aplonadas sobre el palo del gallinero. Cada día y con el mismo ritual el gallo vuelve a cantar, con su cresta roja empinada aleteando su lucido y lustroso plumaje provocando en sus hermanas gallináceas la decisión de acometer la tarea de poner un huevo.
Pepe, como lo llama su mujer, se ha enjabonado la cara. Se toma el tazón de leche con pan del día anterior y dos pastas caseras que ha cogido de la caja de hoja de lata que está encima del armario. Sale al patio y se dispone a aviar a los animales de su pequeño corral: un gallo, unas cuantas gallinas ponedoras y algunos conejos. Éstos, antes de que se hagan demasiado grandes, estarán destinados para cualquier domingo en un buen arroz, que se comerán en familia, siempre acompañados de algún rábano, unos ajos tiernos, una lechuga rizada, un buen tomate o unas aceitunas partidas. Todo de lo que cultivan en la tierra.
Una vez calzadas las botas altas de riego, puestos los pantalones viejos desgastados por el uso con algún que otro remiendo y las mangas de la camisa remangadas por el codo coge los aperos de trabajo: legón, azada y picaza. Los coloca sobre el capazo de esparto con dos asas grandes. Los llevará como de costumbre sobre su espalda ancha cuando se dirija a la huerta en la aurora del día. Todavía titilan las estrellas en el raso cielo cubierto de noche que, ya menos oscura se retira escoltada por la creciente luna que se esconde dando paso al astro sol.
Olía la huerta a grama, a tierra húmeda del riego de la mañana. Cuando al alba el huertano presto había levantado el tablacho de la acequia para que entrara en su bancal la preciada agua que regaría el pequeño huerto de árboles frutales que a manta se inundaba. Con la azada en la mano y parapetado en el quijero del brazal el hombre tranquilo con las mangas de la camisa y los camales del pantalón subidos observa la avenida del agua que llega correteando al ciruelo de rica "claudia". Se va hacia el albaricoquero mayero que ha dado sus primeros frutos para dejarle paso después sobre el manzano de variedad "verde doncella" que empieza a verdear. El agua sigue su camino quitando por último la sed al melocotón " maruja" que estará listo para el Carmen y Santiago. Más allá están los membrillos cuajados de flor. Cerca una palmera y el esbelto peretero que da "pericas" por San Juan que rechonchas amarillean en las ramas alegrándose del penúltimo remojón.
Las moreras, el nogal, el granado y el viejo olivo con tantos años, como kilos de aceitunas produce cada temporada parecen erguirse al notar cómo se filtra el agua entre sus raíces. Terminará la tanda de riego y dejará marchar el agua levantando el partidor del escorreor para el beneficio de otros huertanos que esperan su turno picaza en mano. La agradecida tierra quedará empapada, calada hasta sus entrañas. Los caracoles entonces emprenderán su enloquecida carrera al subir por los troncos de estos ricos frutales que huyendo del agua dejan su huella color plata en los lomos de los árboles.
Piensa el huertano: "Ésta será la tarea de mañana", interrumpir el camino de los caracoles hacia las ramas que ignorantes dañaran la fruta que madura temprana. Irán a la olla para comer durante días harina blanca que limpien sus tripas de hojas tiernas y necesarias de esos árboles que en fila militar han tomado como campo de batalla.
Ya la tierra habría aplacado su sed con este riego y la jornada de labor había llegaba a su fin. El hombre, paciente, mira su huerto repleto de frutos, limpio de hierbajos y matujos; los ha quitado con la azada y la picaza con cuidado y esmero como su mejor bien. Se seca el sudor que le ha provocado el sombrero que lo protege del sol, se lava las manos y enjuaga el legón en el brazal. Después contempla la riqueza que posee y la sabiduría de la naturaleza; recoge los aperos de labor y se va hacia su casa.
Llega la tarde y la noche más esperada. En la huerta se paladea el humo de troncos y ramas, se huele a alfalfa "mora" y a "yerba cristiana"; se escucha el croar de las ranas, el canto de los grillos y el crepitar de las luciérnagas mezclándose con la conversación distendida y amena de los vecinos que sentados en sillas de enea en la puerta de sus casas refrescan su cansado cuerpo después de la rigurosa jornada.
Al final del carril ya está la hoguera prendida. Los jóvenes y los niños se arremolinan cerca de ella; los mayores expectantes recuerdan cuando lo eran. La huerta sigue oliendo a jazmín, a alábega, a fruta fresca y madura como sólo esta tierra sabe dar si la miman con las manos.
Mirando alrededor se impone la luz y la magia de las lenguas de fuego de las hogueras sobre la oscuridad. Es la noche de San Juan, la más corta del solsticio de verano, noche de sueños inventados, de deseos de colores y promesas hechas bajo el influjo del fuego fatuo.
Suena el despertador como si fuera un trueno. Son las siete de la mañana. Me levanto me asomo por la ventana como todos los días. Un sol anaranjado me encandila. No se huele a humo; tampoco se oyen las ranas. Veo un huerto de grúas y los huertanos dentro de sus casas.

lunes, 22 de junio de 2009

EL BALCÓN


Se levantó de la mesa y fue como un rayo a su habitación. No le faltaría tiempo después, para pensar en lo que había sucedido horas antes, cuando a la salida del trabajo se dirigía hacia su casa.
Al volver la esquina de la calle que todos los días cruza; aquel pasillo siniestro y frio se dispuso contra él y sus circunstancias. Siempre de forma tranquila y pausada, camina, ausente con pasos cortos, débiles –la jornada había sido agotadora- ligeros, como nubes que flotan por las aceras de los pensamientos, de quienes las transitan. De repente miró hacia el balcón del que penden geranios rojos, aquellos que reclaman su atención a diario por la contundencia del color de sus flores.
La vio caer sin poder hacer nada por ella. Quedando entre sus pies una serpentina encarnada, de pétalos, mezclándose con la sangre de Lola y el asfalto.